Improvisación y teatro terapéutico

Improvisación y teatro terapéutico

Probablemente la improvisación es la técnica artística más antigua que existe. Aunque no ha dejado de practicarse nunca, se ha revalorizado en muchas disciplinas como la danza, la música y el teatro en las últimas décadas.

El ser humano lleva miles de años bailando al ritmo de los tambores que otros  tocaban, sin conocimientos teóricos de coreografía ni solfeo, sin acuerdo previo ni ensayo, dejándose llevar por el momento.

Consideramos que la improvisación es un técnica muy útil ya que mediante la práctica ganamos fluidez y confianza. Centrándonos en el teatro, la improvisación consiste en -partiendo de unas consignas más o menos específicas- actuar en una historia al mismo tiempo que la vamos creando en el escenario.

El ejemplo claro que podemos observar nosotros mismos, es el juego infantil. No suelen entretenerse mucho en los detalles previos: “éramos piratas que buscábamos un tesoro, y yo tenía una brújula mágica y tu eras la bruja del mar” y listos, ¡a jugar!

La escucha

La improvisación nos demanda estar totalmente en el presente, atentos con la mente, el cuerpo y la emoción al desarrollo de la escena, a cada instante, lo que nos exige estar muy alerta a todo aquello que ocurre en nosotros y a nuestro alrededor, a todo lo que se expresa en el escenario, ya sea en lenguaje verbal y no verbal.

Vivimos en nuestras mentes la mayor parte del tiempo e improvisar es un excelente ejercicio para poner la atención fuera, con lo que conseguimos olvidarnos de planificar sesudamente lo que vamos a hacer, y actuar en consecuencia a quiénes somos y qué queremos (el personaje y su objetivo). Así el personaje está conectado a nosotros y puede responder a lo que sucede de acuerdo a sus peculiaridades. Y nosotros abandonamos el planificar para simplemente hacer, actuar conforme a las circunstancias.

Tomar el presente

La propuestas en la improvisación son sencillas, en parte por que no disponemos de la posibilidad de preparar la escena, estudiar al personaje, la obra, al autor… Prácticamente todo lo que sabemos del personaje, de su bagaje, de sus anhelos y temores, lo encontramos en escena, junto a los demás personajes, en el fluir de la historia. Y es necesario estar abiertos para tomar e integrar lo que está ocurriendo a nuestro alrededor, tal y como es y tal como nos lo proponen los demás personajes. ¡Es tal cual la vida misma! No podemos prever la reacción de los demás a nuestras palabras, no podemos saber cómo va a hacernos sentir una determinada actitud hacia nosotros… no disponemos de un guión en el que hallar de dónde venimos y hacia dónde vamos, simplemente vamos siendo…

Como juego terapéutico en la improvisación el prejuicio, la planificación, el aplazamiento, el antes y el después, el allí y allá, van dejando paso al ahora y aquí. En la vida estamos tan habituados a mantener automáticamente en esos otros lugares, que resulta sano y enriquecedor situarnos plenamente en el presente mientras jugamos nuestro papel en la escena.

La improvisación nos permite experimentar una situación con la libertad de actuar sin guión. Y así poco a poco nuestros actos cobran más fuerza que el juicio ajeno, y el propio, centrándonos en el instante presente, en la realidad tal y como emana de nosotros y de los demás, interactuando, probando, tomando riegos, entregándonos al momento. Todo lo que ocurre en escena adquiere su propia importancia y su propio sentido: el grito, el silencio, la quietud y el movimiento. Y el público, los compañeros y los formadores en el caso de nuestro teatro, estarán ahí para que no se nos escape ningún detalle de lo que ha ocurrido, para hacernos la devolución de lo que han vivido con nosotros y para aplaudir nuestra valentía y entrega, de salir sin guión a escena.