El conflicto: motor dramático

Improvisación y teatro terapéutico

El conflicto es la pieza clave de todo ejercicio dramático, tanto en el teatro de texto como en la improvisación. Sin conflicto, el teatro se convierte en mera descripción, con poco o ningún interés para el público. En general, una obra dramática nos muestra, precisamente, un fragmento escogido -del curso de una historia en el que se desarrolla- el conflicto.

Entendemos por “conflicto dramático” la contraposición de determinadas fuerzas, en un determinado momento, que se constituye como el catalizador del argumento. En su forma más simple se trata de la pugna de un personaje por cumplir su deseo, voluntad o necesidad a la que se oponen el deseo, la voluntad o la necesidad de otro. El planteamiento clásico es el enfrentamiento entre protagonista y antagonista, aunque solemos encontrar propuestas mucho más complejas.

Momento de cambio

Lo que, como espectadores, nos resulta interesante del conflicto es que se trata de un momento de transición en el que podemos observar un cambio. Sea cual sea el resultado final, el statu quo no será el mismo que nos encontramos el en planteamiento inicial. Es decir, el planteamiento dramático de una representación teatral es una crisis: un punto de inflexión en el que los implicados se ven empujados a decidir y a actuar, en el que todo puede ocurrir… excepto que no ocurra nada.

De hecho, una crisis es precisamente la señal de que aquello que se ha mantenido de una determinada manera, ha dejado de estar vigente, ya no tiene validez y ya no sirve a los implicados para seguir el curso de su existencia como lo hacían hasta el momento. Es el preludio del cambio.

En escena cada personaje posee su propia complejidad y se ve sometido a diferentes fuerzas que apoyan o entorpecen su camino hacia sus objetivos: fuerzas externas, como el destino o la familia, o fuerzas internas, como el propio código moral o la intensidad de ciertas emociones.

La colisión pone ante nuestros ojos la verdad de cada personaje y la legitimidad individual de sus motivaciones, aunque sean reprobables desde otra perspectiva y evidencia también, puede que sobretodo, la fragilidad sobre la que a veces se basa el deseo o la oposición al deseo del otro. El conflicto dramático fuerza al personaje a observar su presente, a comprenderlo y a actuar, a exponerse ante los demás y ante sí mismo, a sopesar qué está dispuesto a hacer por lo que desea y a construir, con más o menos éxito, una nueva realidad.

La crisis como oportunidad

Una crisis revela lo que ha permanecido oculto, empuja a los personajes a posicionarse y mostrarse tal y como son -y no como quieren ser vistos- a ofrecernos autenticidad, aunque sea a su pesar. El teatro es una oportunidad para plantear, desarrollar y experimentar la confrontación, y de hacerlo a salvo, gracias a la red de seguridad de la ficción. Podemos observar y vivenciar cuáles son las dinámicas previas a la escena que se ponen en cuestión en el presente, preguntarnos por qué se han mantenido, por qué ahora se desploman, intentar comprender sin juzgar aquello que representa una obstrucción para un personaje y qué lo impulsa.

Dijo Bertolt Brecht:  “La crisis se produce cuando lo viejo no acaba de morir y cuando lo nuevo no acaba de nacer”, y los tres tiempos del drama (introducción-nudo-desenlace) nos permiten examinar ese instante en el que lo obsoleto y lo inmaduro sustentan una nueva realidad en las que las posibilidades, como la conclusión, permanecen abiertas.

El teatro, la literatura, el arte nos ayudan a ampliar nuestro horizonte de comprensión. Cuando la comprensión llega al alma, la conciencia se amplía y con ella madura el amor. Amor que anhelamos para ver el mundo, y a nosotros mismos, a través de él y actuar con mayor libertad aunque tengamos delante un conflicto, como los que forman parte del teatro y de la propia vida.