Improvisar es practicar la aceptación

DSCF2679

La improvisación teatral es una técnica libre por definición. Una de las formas en que se  acostumbra hacer es plantear, de manera esquemática, una situación para desarrollar en el escenario, definiendo a penas los personajes, el lugar dónde se desarrolla la escena y el conflicto. A partir de ahí, todo lo que ocurre se va creando y generando sobre la marcha, construyendo y viviendo cada momento a partir de lo que ya se ha dicho o hecho, y sobre las demostraciones emocionales de cada personaje.

Una de las pocas reglas -si es que puede definirse como tal- con la que se trabaja es muy sencilla, pero fundamental y no tan fácil de seguir como puede parecer a priori. Se trata de “no decir nunca que no”, no negarse a las propuestas lanzadas por nuestros compañeros de escena, no bloquear el desarrollo de la improvisación.

Aquello que plantea un personaje a otro debe tomarse e integrarse de un modo u otro en el desarrollo de la escena. Por ejemplo, si un personaje dice que en quince minutos van a cerrar el bar en el que se encuentran, el otro tiene que reaccionar a esa verdad. Integrar no necesariamente significa someter a nuestro personaje a todas las propuestas del otro, pero si tiene que contradecir es necesario que sea con una propuesta válida desde la situación y el personaje.

Esta sencilla norma es muy importante a nivel teatral ya que permite que el argumento se desarrolle de forma plenamente espontánea. Cuando improvisamos tendemos a idear individualmente una historia que nos lleva a un final que posiblemente imaginamos. Cuando este hilo argumental propio se rompe por la propuesta del otro y la integramos, estamos aportando realismo a la escena, hacemos crecer en complejidad lo que ocurre y, especialmente, lo que le pasa a los personajes.

Los actores tienen que estar en disposición de dejarse influenciar por la situación y los demás personajes, como ocurre en la propia vida: aunque hayamos dado mil vueltas a cómo va a desarrollarse una situación en el momento en que ésta se da, nuestras previsiones de poco habrán servido. Fuera del escenario reaccionamos y nos adaptamos a cada instante al curso de los acontecimientos, tal y cómo nos sentimos en ese momento e influidos también por el contexto en el que nos encontramos.

Por otro lado, el tomar la realidad tal y como se presenta nos exige tener la mente en el aquí y el ahora, lo que a su vez es imprescindible para vivir con consciencia y poder darnos cuenta de aquello que se moviliza en nosotros. Podríamos decir que la consigna de “no poder decir que no” en la improvisación es una incitación a aceptar.

En primer lugar es una oportunidad para aceptar lo que viene del otro: su discurso, sus emociones y observar qué efecto tiene en nosotros, así como permitirnos una reacción franca a lo que ocurre. Aceptar no quiere decir tener que soportarlo o resignarnos, sino ver que él otro es así, o siente de esa manera o piensa como piensa y a partir de esa aceptación podemos decidir que hacer.

Por otro lado nos induce a aceptar la experiencia, sea como sea ésta, a percatarnos de lo real, que es lo que ocurre en éste lugar y en éste momento. Tanto si es una experiencia agradable o desagradable, aceptarla es la manera de poder observarla como tal, comprenderla y poder actuar.

La improvisación teatral, como hemos comentado en otros post, es una magnífica herramienta de expresión, experimentación, observación e integración y, además es un recurso infinito, tanto como lo son la imaginación o la creatividad.

Nos pasamos el día improvisando, somos creativos porque la vida cambia momento a momento, tal vez lo que nos cuesta más es aceptar… Por eso más allá de los credos, a menudo nos viene bien recordar esta frase muy conocida y atribuida a diversos teólogos:

“Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas que puedo cambiar y la sabiduría para conocer la diferencia; viviendo un día a la vez, disfrutando un momento a la vez…”