La oportunidad de atreverse

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Nos encontramos con muy pocas personas que no tengan algún tipo de dificultad para expresarse en público. En general a todos nosotros nos provoca tensión someternos de un modo u otro al juicio de los demás, pero para algunas personas puede ser una experiencia verdaderamente angustiosa que puede preocuparlas durante días.

Solemos creer, además, que nuestro nivel de desinhibición y arrojo es innato parte indisociable de nuestra personalidad, somos como somos, más o menos extrovertidos, y así seremos para siempre: si somos tímidos y nos toca hablar en público pues no nos queda otro remedio que intentar evitar la situación cuando podamos y pasar el apuro cuando sea inevitable. Pero no es cierto que no tengamos más opción que la de resignarnos y pensar “yo soy así”. La mayoría de las personas que vemos dirigiéndose a un auditorio relajadas y naturales, han trabajado para llegar a conseguir ése estado, de forma más o menos consciente.

El teatro que proponemos es un espacio adecuado para trabajar las dificultades que tengamos para hablar en público por muchas razones, hoy os explicamos alguna de ellas.

Espacio seguro

Tememos cometer errores o equivocarnos frente a otras personas. El teatro nos ofrece la oportunidad de poner en juego nuestras habilidades frente a los demás en un espacio donde lo que se comparte es recibido tal y como surge espontáneamente. En nuestros talleres no existe lo correcto ni lo incorrecto, porque no hay un punto de referencia al que se deba llegar a nivel estético o formal. Sólo existen los objetivos personales que cada uno y pone en juego a su propia manera, a su ritmo, con toda la atención y comprensión del grupo, en el que todos nos encontramos en la misma situación.

Evitar la anticipación

Vivir con cierta previsión nuestro futuro es necesario y deseable, pero a veces se convierte en una trampa en la que nuestros miedos e inseguridades caen con facilidad. Porque deseamos tanto poder moldear lo que ocurrirá, es decir, controlarlo para que ocurra como deseamos y tengamos el éxito que queremos, que podemos llegar invertir mucho tiempo y energía dándole vueltas. Pero en realidad, todos lo sabemos, la planificación es solo una guía para nuestras acciones porque los acontecimientos se dan después cómo se dan, por mucho que hayamos pensado en ello días o semana. El trabajo en nuestros talleres el primer año, es a partir de escenas improvisadas en las que no hay una estructura predefinida, lo que nos impide anticiparnos a lo que ocurrirá y a lo que vamos a hacer o decir. Tenemos que poner toda nuestra presencia y consciencia en el aquí y el ahora y actuar el momento, ya actuaremos el futuro cuando este llegue.

Jugar y disfrutar

Cuando nos situamos plenamente en el presente podemos -sin darle vueltas a lo que ya ha quedado atrás ni pensar en cómo saldrá lo que sigue- disfrutar de la experiencia, vivirla plenamente y sentirnos cómodos incluso cuando cometemos lo que podríamos considerar un error… si nos sentimos cómodos con nuestra espontaneidad, resulta sencillo asimilar lo que sea que ocurra e integrarlo sin desconectarnos de lo que hacemos.

El teatro nos ofrece la oportunidad de relativizar y darnos cuenta de que nada es tan relevante, al fin y al cabo, ni el estar frente a otros, ni errar, ni acertar… y, en cambio, sí que lo es llegar a vivir con la convicción y la tranquilidad de que, cuando damos lo mejor de nosotros mismos es suficiente.

La escucha en el escenario

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Cuando hablamos de escucha en el trabajo teatral hacemos referencia a algo que va más allá de la percepción sensorial y de la atención y que es fundamental en el trabajo del actor tanto en la improvisación como en el teatro de texto.

En nuestros talleres y clases nos aproximamos a la experiencia teatral sobre todo a través de la improvisación, una de las técnicas más sencillas y ricas de las que disponemos para profundizar en la interpretación y en la búsqueda de sus efectos terapéuticos, y que consideramos imprescindible para entrenar la escucha.

Lo que hace que el público se interne en la historia que está viendo sobre el escenario es que sea creíble y -cómo demostró en su momento el teatro pobre, por ejemplo- la veracidad no la aportan elementos escenográficos, sino la interpretación de los actores. Ellos y el público, son lo único realmente imprescindible en una representación teatral.

En nuestro cotidiano advertimos con desagrado la impostura y, sobre el amplificador que es el escenario, el actor que en lugar de “hacer”, “hace como si” saca de inmediato al espectador de la ilusión de realidad. Los ejercicios de improvisación nos obligan a estar atentos, ya que no podemos anticiparnos a lo que sucederá al no disponer de antemano del argumento: no sabemos qué ocurrirá, qué dirá el otro, cómo reaccionará, qué hará. Y, aún más importante, no sabemos cómo reaccionará nuestro personaje.

En realidad, esa es la clave para que la interpretación resulte creíble para el espectador y que perciba que lo que está viendo ocurre por primera vez.

La escucha teatral es un estado de receptividad que nos permite situarnos en la realidad del personaje y su entorno, prestar atención a lo que ocurre en cada instante y permite reaccionar de forma espontánea a aquello que sucede tanto externa como internamente. No es el actor el receptor, el que presta atención, el que aplica sus filtros subjetivos a lo que está pasando y el que reacciona en función de todo ello, sino el personaje que crea el actor en ese mismo momento y que se ve conmocionado –o no…- por el otro.

Solo hay una manera de conseguir ésta disposición en el escenario y es la práctica y, la improvisación, al generar infinitas e imprevistas situaciones, es el espacio perfecto para situarnos en el aquí y el ahora. Cuando estamos conscientes y presentes reaccionamos naturalmente a los sucesos, tal y como nos pasa a cada momento en nuestra vida cotidiana, lo que hace al personaje transparente para el público que puede adivinar en su reacción cómo es, le da pistas o muestra claramente lo que le interesa y desea, sus objetivos, sus emociones y sus contradicciones…

La escucha tiene más que ver con poner la atención fuera de nosotros, más que con uno mismo, de permitirse recibir y reaccionar, como un instrumento de percusión que resuena y vibra de una manera singular, a un impacto también único. El resultado es orgánico, es decir, surge con naturalidad de la realidad existente en el escenario, las reacciones y las relaciones fluyen retroalimentándose, y surge la verdad escénica frente a los ojos de los espectadores.

La escucha es ver realmente al otro, más allá de la propias fantasías o expectativas y, cuando lo vemos, lo escuchamos, tomamos contacto, lo propio se despliega. Si, en cambio, solo buscamos en nuestro interior, podemos quedar aislados de lo que de verdad está sucediendo en el encuentro, lo que impide que surja la magia del teatro y la ficción se haga realidad.