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Teatro y empatía

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Ser empático, es decir, ser capaz de ponerse en el lugar del otro, es prácticamente imprescindible para la interpretación teatral pero también para el lograr un sano equilibrio en nuestras relaciones y con nosotros mismos. Dar vida un personaje, ya nos resulte cercano o alejado de nosotros, es ejercitar la empatía con todos sus matices, desarrollándola con consciencia.

A menudo se produce algún equívoco sobre la empatía, como si consistiera en experimentar lo mismo que otra persona o proyectarnos a nosotros mismos en esa situación. Si bien ambas cosas pueden ayudarnos a conectar con las circunstancias y las acciones del otro, la capacidad de empatizar tiene que ver también con minimizar los prejuicios, los juicios y con el autoconocimiento.

Usamos el término minimizar, porque es difícil estar libre de opiniones hechas a priori, como no hacer un dictamen sobre lo que observamos, es decir, no podemos aspirar a ser completamente objetivos, pero sí lo suficiente. Por otro lado, conocernos a nosotros mismos nos aporta consciencia sobre cómo es de complicado ser uno mismo, integrar nuestros bagajes personales para que resulten positivos para nosotros y para nuestra relación con los demás y cuánto de nosotros está condicionado por muy diversas circunstancias.

Atisbar la complejidad con que se conformó nuestra propia personalidad, nos aproxima a complejidad del otro y somos capaces de alejarnos de dicotomías absolutas -como bueno/malo-, que sólo nos aportan una visión simplificada de toda una cadena de situaciones y procesos, externos e internos, que acaban teniendo como resultado la acción que podemos observar en otra persona.

Muchos actores trabajan desde la recreación detallada de lo que imaginan que ha sido la vida e historia del personaje, para poder conectar con sus circunstancias y, por tanto, con sus emociones. En nuestros talleres trabajamos casi por completo desde la improvisación en la que, si bien siempre hay una mínima parte de construcción del personaje, en la que se le atribuyen contextos internos y vitales, éste es muy limitado.

La improvisación pues, nos impone otra manera de trabajar, no tanto desde el conocimiento del otro sino desde la apertura a sus acciones, aunque no comprendamos del todo sus razones o motivaciones, desde la presunción de que todos nosotros hacemos aquello que podemos hacer en cada circunstancia, aunque nuestras acciones resulten “malas” o “erróneas” a ojos de los demás.

En nuestras sesiones de trabajo podemos observar a los personajes, qué dicen y qué callan, qué muestran y ocultan… y disponemos del espacio para parar -de un modo que nuestra vida diaria a menudo no nos permite- y comentar lo que hemos advertido y reflexionar sobre las emociones ajenas y propias que han surgido.

Empatizar no es estar de acuerdo, no es aprobar, no es experimentar lo mismo, es tener una visión de fondo, que va más allá de la nuestra, que cuenta su propia historia y que tiene un coherencia propia –incluso en su incoherencia-.

La empatía nos conecta con lo humano del otro a través de lo humano en nosotros: la complejidad de las emociones, del pensamiento y la corporalidad y de sus interrelaciones, con lo casi inconmensurable de cualquier biografía y con nuestra propia complejidad, a través de la aceptación –que es una forma de amor- no sólo del otro y de su conducta, sino también de la realidad tal y como se manifiesta.