Las emociones básicas y el cuerpo

Por Laura Martuscelli, actriz

A lo largo de mi carrera como actriz he tenido la necesidad de poner mucho el foco en el cuerpo. Me era fácil saber si estaba tenso o si, por lo contrario, lo sentía flexible. Por el contrario, emociones como el miedo y la tristeza, era incapaz de reconocerlas corporalmente.

Gracias al trabajo realizado en la Formación, he podido ir dándome cuenta de mis diferentes formas de actuar, comportamientos automáticos que hacían que me fuera menos fácil captar las emociones en mi cuerpo.

A continuación, planteo las vivencias y cómo las he ido gestionando, en relación a las emociones básica y al cuerpo.

La alegría

Me considero alegre muchas veces, pero sentirlo en el cuerpo se me hace realmente complicado. En mí, la alegría auténtica se esconde debajo de la tristeza que no dejo salir. Noto como el cuerpo se va tensionando, sobre todo en la parte del estómago, en la zona más orgánica y en la parte muscular, en el diafragma. Observo que puedo llegar a sacar una alegría falsa, a veces hasta eufórica, presionando al cuerpo. Y la respuesta a este esfuerzo es el agotamiento.

La pregunta que surge es: ¿cómo llegar a lo mismo sin tener que agotarme?

Gracias a lo vivido en la formación me he dado cuenta de que en mí se trata de una cuestión de tempo, muchas veces no atiendo a mi propio tempo, a mi ritmo biológico. Con los ejercicios que hemos realizado en la Formación (por ejemplo reconocernos con los ojos cerrados, crear una escena en cámara lenta con música, bailar con nuestra “vida”…) he podido experimentar ese cambio de ritmo en mí desde el cuerpo y esto ha permitido que la tristeza pueda aflorar, para luego sin yo buscarlo ni imponerlo, sentirme con una abertura en el pecho, y sentir tranquilidad y distensión. Un sentir desde el bienestar corporal en el que hay silencio: hombros relajados y sobre todo, el estómago, la parte del diafragma, completamente laxo, sin dureza.

El enfado

Mi estado automático desde la mente, si no pongo consciencia de ello corporalmente es el del enfado.

En la formación me he dado cuenta que es eso a lo que mi cuerpo está acostumbrado, con la finalidad -como en el caso de la alegría- de no sentir su emoción “opuesta”, en este caso el miedo.

El ritmo que a mi cuerpo le he dado durante años es el staccato; pero mi cuerpo ya tiene suficiente de golpes bruscos, rigidez en el cuello y en los hombros, que quiere fluir y ser armonioso.  El teatro me ha ayudado a poder llevar a cabo esta tarea y, gracias a la Gestalt, he tomado consciencia de que hay otras formas de movimiento que conducen a mi mente a buscar otras maneras de reaccionar y estar en el mundo.

La respiración es muy importante también. Darme cuenta de que -como cuando hay un enfrentamiento o algo me causa miedo- mi reacción automática es el ataque, la defensa, mi respiración instantáneamente se corta y la retengo, mis hombros hacen un sobresfuerzo por sostenerme, mi cuello se tensiona y mi pecho se cierra.

El poder situarme en un ritmo más de escucha y un tempo más lento, me ayuda a poder sentir mi cuerpo con detenimiento y sin obviar sus sensaciones. Bajando al cuerpo, acallo mi mente y siento lo que para mí es real, lo que verdaderamente estoy viviendo.

La tristeza

La tristeza en mi cuerpo actúa de “Para y escucha” y por esta razón pocas veces mi mente quiere estar allí. Tengo que estar muy atenta a sus llamados para no escapar y desde lo corporal poder acogerlo.

Mi cuerpo es muy vital, tiene mucha fuerza y energía. La tristeza, cuando logro sentirla en mi cuerpo, está en mi corazón, en el pecho y se mezcla con el miedo a veces, en el estómago. Me lleva a parar y escuchar; respirar y dejarme en paz. Confiar que desde el no hacer y desde el silencio, simplemente estando y aflojando las tensiones. La tristeza surge cuando paro; cuando no hay ruido a mi alrededor y puedo sumergirme en mi cuerpo.

El sonido del piano, los movimientos lentos y presentes, el tacto con los ojos cerrados… permiten que la tristeza aparezca.

El miedo

Ante el miedo, desconfío: de quien se acerca, de quien habla, de lo que se me dice… Desconfío hasta de mí misma.

La desconfianza actúa en mí como un automatismo de defensa y noto el cuerpo como si estuviera insatisfecho. Lo tenso, corto la respiración y me preparo para el ataque y entonces me es imposible sentir nada corporalmente. Mi mente genera un proceso para no sentir. Mi rostro se endurece, mi rictus parece el de una mujer de más edad y entonces, bloqueado el cuerpo, se bloquea mi mente y entro en una especie de estado de shock, en el cual no hay posibilidad ni de fluidez corporal ni mental. Me enfado.

Para ser capaz de reconocer que lo que siento es miedo, necesito mover el cuerpo y despojarme del enfado. Necesito poner la atención en la respiración para percibir físicamente el miedo, escondido entre el estómago y el diafragma.

Conclusiones

Como artista me siento con la responsabilidad de escuchar mi cuerpo y cuánto más lo hago, más me doy cuenta del cómo estoy en cada momento. Es como una brújula que me guía en mis emociones.

Mi cuerpo me dice de muchas formas (enfermedades leves, dolores, contracturas…) que hay algo que puedo cambiar, que hay algo que necesito escuchar, o que simplemente necesito parar… o llorar.

Mi cuerpo es el altavoz de las emociones desde que he aprendido –y sigo haciéndolo- a escucharlo.