About El teatro

Mª Laura Fernández e Isabel Montero son las autoras del libro: “El teatro como oportunidad”. Un enfoque del teatro terapéutico desde la Gestalt y otras corrientes humanistas. Trabajan en el Institut Gestalt de Barcelona, con “Teatro y Gestalt”.

¿QUÉ ME APORTAN LAS EMOCIONES?

Por Paula Fernandes

Actriz, ex-alumna y actual colaboradora en El teatro como oportunidad

Las cuatro emociones en las que hemos profundizado en este proceso son: el miedo, la rabia, la alegría y la tristeza, son conocidas como básicas porque son comunes a todas las personas, de cualquier época y cultura, y desempeñan un papel fundamental en el desarrollo psíquico del ser humano. Nuestras emociones nos conectan con nuestras necesidades diarias cuando se hacen conscientes y les damos un espacio para después dejarlas ir.

La secuencia sería: ver, reconocer, observar, integrar, dejar ir. No obstante, tendemos a quedarnos en lo mental, en juzgar el por qué me siento como me siento. Para salir del bucle mental, es importante atender a las sensaciones, a la conexión con nuestro cuerpo: ¿Dónde se aloja esta emoción? ¿En el pecho? ¿En el estómago?.

Una vez que tenemos consciencia de la emoción, lo importante es darle espacio, permitir su expresión sin juzgarla como buena ni mala. Las emociones no son ni buenas ni malas, aceptando que pueden ser agradables o no.

Somos responsables de cómo vivimos y dejamos vivir nuestras emociones: puedo decidir escucharlas y darles su espacio o no, puedo intentar disimularlas o reaccionar sin consciencia y ser embargada por ellas.

Aceptarme tal como soy significa también ser sincera con lo que estoy sintiendo, dejando a un lado juicios y “deberías”.

 

La aportación del miedo

El miedo es como una alerta que me protege de hacer o recibir daño. El miedo me enseña a ser prudente cuando lo atiendo. Durante este proceso he sentido miedo. Algunas veces he sido consciente de ello otras, me ha arrollado, como si yo fuera lo que estaba sintiendo. ¿Miedo a qué? A no hacerlo bien, miedo de no ser querida y aceptada, miedo de hacer el ridículo, miedo, miedo… Sentía el cuerpo pequeño, atrapado, las manos sudadas, la voz muda y el perro de arriba: “no puedes, no lo haces bien, no eres especial, nadie te ve…”.

Recuerdo por ejemplo que, cuando salía con mi grupo a improvisar, solo podía pensar en lo mal que lo iba hacer y en que no estaría a la altura de los demás, porque no soy ni lista ni rápida en contestar… y aunque me daba cuenta de mis pensamientos, no los podía parar. Respiraba profunda y lentamente y sentía todo mi cuerpo temblar de la explosión de adrenalina, posterior a la tensión de salir a escena. El miedo me crea un estado de alerta que se relaja cuando veo que el otro lo puede hacer a pesar de su propio miedo, antes podía ocurrir que sintiera celos o envidia porque, según mi juicio, el otro hacía las cosas mucho mejor que yo. Durante el trabajo, a veces sentía un pequeño regocijo cuando al otro las cosas no le salían como esperaba, lo que me daba mucha vergüenza y hacía que me viera como un monstruo. Supongo que en esos casos de alguna manera me sentía con poder sobre el otro, tan poca era la seguridad y confianza que tenía en mi misma…

Sigo trabajando en darme cuenta de mi miedo, un miedo que me ha hace ser prudente a veces, por ejemplo, cuando cojo un coche, y otras es simplemente un viejo patrón de pensamiento que se va rompiendo poco a poco, dando lugar a una mayor confianza en mí misma y autenticidad en mis relaciones.

 

La aportación de la rabia

La rabia me enseña a poner límites o a romper con situaciones y patrones que no me sirven. Me costaba decir “no”, y me encontraba una y otra vez en las mismas situaciones porque, simplemente, me costaba mucho atender mis necesidades en primer lugar y me daba innumerables excusas para seguir aceptando lo que no quería. Personalmente, el miedo y rabia son dos emociones que van la mano, casi siempre aparecen juntas, aunque normalmente una me costaba más de reconocer que la otra. Renuncio a decir “no”, porque tengo miedo que dejen de quererme, que no me acepten. “Tengo que ser buena, alegre y disponible”. Pero después aparece la rabia por no haberme respetado y no haber atendido a mis necesidades. Y exploto y mis emociones mandan. Durante el trabajo teatral, he sentido rabia, frustración y ganas contenidas de gritar, cuando he dudado de mis capacidades, en los momentos que quería hablar y no me di permiso, en los momentos en que me cerré a causa del miedo, cuando quería abrirme. Así que ha sido de gran ayuda poder expresarme y con un gran impulso decirme: “¡sí que puedo!” y salir al escenario sin importarme si lo voy hacer bien o no. Y aprender a decir: no, cuando lo necesito.

 

La aportación de la tristeza

La tristeza es una emoción con la que me siento cómoda, me resulta confortable y familiar, me ayuda a conectar conmigo y con ello me siento más creativa. La tristeza es una fase indispensable en un proceso de duelo, de despedida, de separación o de pérdida. Las lágrimas pueden sanar muchas heridas y ayudar en el proceso de restructuración de uno mismo. La tristeza puede manifestarse también cuando estamos anclados en el pasado, en el “cómo fue”, sin aceptar el aquí y ahora. Así que, dejarme sentir la tristeza conscientemente es soltar (una persona, un trabajo, una situación) y aceptar esa realidad. Este proceso me ha ayudado a que me diera cuenta de que algunas veces utilizaba la tristeza para manipular a los demás, aunque me avergüence admitirlo. Me hacía más frágil, más niña, más inocente, más pequeñita a ojos de los demás, buscando sus cuidados y halagos: conozco bien el papel de víctima. Así que utilizaba mi tristeza tanto para atraer como para distanciar. La tristeza me sirve a veces de muro porque necesito recogerme, protegerme, encerrarme en mí misma, situarme donde me siento más segura.

A partir del trabajo teatral lo he podido observar también en mi día a día y puede que por eso ya no me sienta tan triste.

 

La aportación de la alegría

La alegría es cálida, se dirige al exterior, al otro. Nos proporciona ganas de compartir, de contactar y de conectar, siendo la responsable de la curiosidad que nos lleva a explorar el mundo, de la ternura que nos lleva al cariño y también al desarrollo saludable de la sexualidad. La alegría surge cuando estamos a gusto con nosotras mismas. La serenidad es el punto medio entre la euforia y el aislamiento y nos ayuda a gestionar la alegría y a crear vínculos seguros y sanos.

La alegría ha sido la emoción más presente en mi experiencia en el Teatro como Oportunidad. La alegría del grupo, las ganas de compartir y de conectar con el otro han sido tan grandes que, en cierta manera, me han inspirado y servido de espejo y catalizador de mi propia alegría. He disfrutado jugando con el otro, bailando, dando y recibiendo cariño. Aunque a veces empezaba con vergüenza y miedo, poco a poco me iba sintiendo a gusto, dejando de juzgarme y de creer que era juzgada por los demás. Me he sentido segura y sostenida por el grupo más que en el trabajo individual, ayudándome a desafiar mi inseguridad y mi miedo, sobretodo al principio, cuando mis vínculos aún eran débiles. La alegría del grupo ha conseguido que me sintiera a gusto conmigo misma, orgullosa de mis pasos al frente cuando sentía miedo y por el propio avance del grupo, alegrándome de los logros de mis compañeros.

Las emociones son una guía única, que me ubica en mi aquí y en mi ahora, que me informa de lo que me está sucediendo y, si las escucho y las abrazo durante el tiempo que me piden, estoy abriendo y ofreciendo un espacio a mi transformación.

La responsabilidad y la presencia en escena

La presencia en el escenario es fundamental para el actor y está íntimamente relacionada con la responsabilidad de la que nos habla la Gestalt. En este post os explicamos por qué la responsabilidad es fundamental para nuestro desarrollo personal y el de nuestra presencia en escena.

La responsabilidad requiere de un estadio previo anterior que podemos describir como “darse cuenta”, es decir, tomar consciencia de lo que está pasando porque, aunque nos cueste de creer, a menudo no conseguimos apercibir con nitidez lo que nos ocurre a nivel interno y externo, tanto en lo que a pensamiento, emoción y sensación se refiere, como a todo aquello que exteriorizamos.

Cuando estamos conscientes, en el aquí y el ahora, captamos la existencia interna y externa tal y como se presenta y cuando conocemos esta realidad, podemos responsabilizarnos de nuestros impulsos, emociones y acciones, lo que implica identificarnos con ellas y aceptarlas como algo inherente a nosotros mismos.

El escenario es un campo de pruebas en el que podemos desarrollar el darnos cuenta y la responsabilidad. Nuestro personaje es como es, lo aceptamos y defendemos desde su verdad y su vivencia –que es la nuestra propia en el momento en que lo interpretamos-, en “tiempo real” y mediante la experiencia directa misma, lejos de nuestras reacciones involuntarias condicionadas por toda una vida y de la racionalización de todo lo que nos ocurre.

El escenario nos demanda, especialmente en los ejercicios de improvisación,  actuar según las circunstancias externas e internas que se dan en un determinado momento entre los personajes y sus circunstancias.

El personaje nos pide que nos rindamos a él, que no luchemos contra lo que siente o lo que quiere, sino que le demos voz y presencia a todo ello lo que implica, responsabilizarnos de quién es y como actúa. No podemos desechar aquello que “no nos interesa” del personaje igual que no podemos abandonar quiénes somos.

Lo que ocurre en el escenario, es pues, responsabilidad de los personajes y, para que la escena o la obra avance, tiene que hacerlo desde el “yo soy”. En definitiva, se trata de vivir lo que nos toca vivir desde quienes somos.

Esto nos confiere presencia en el escenario: nuestro personaje está atento a lo que ocurre y como ocurre, a nivel interno y externo y no reniega de ello, no se esconde, lo vive con todas las consecuencias, dispuestos a vivir experiencias maravillosas que nos acerquen a nuestros objetivos, pero también sabedores de que la frustración y el fracaso son parte de la existencia.

El personaje se convierte en un traje orgánico en el que podemos experimentar la toma conciencia y la responsabilidad mientras que el escenario nos exige ser en el aquí y el ahora, es decir la presencia.

No tenemos otro remedio que aceptar aquello que se deriva de la situación, aquello que surge de la relación interpersonal con los demás personajes y aquello que mana en nosotros mismos, desde el personaje. Nos responsabilizamos entonces, asumiendo aquello que nos ocurre, agradable y desagradable, como reflejo de nosotros mismos. Y cuando nos responsabilizamos, en el aquí y el ahora, simplemente estamos presentes a nuestros propios ojos y a los de los demás, para servir a la escena y a la vida.

Respirar el escenario

La respiración es una función automatizada de nuestro organismo a la que, raramente, prestamos atención. Es un aspecto caudal en la interpretación teatral y no puede disociarse del trabajo de la voz y la dicción. Pero la respiración no solo está relacionada con la fonación, la práctica de cualquier ejercicio físico requiere de la toma de conciencia de la propia respiración y aprender a regularla para conseguir un mejor desempeño.

Observar la respiración no sólo nos permite ser atender a ella, sino que además podemos percibir los estados internos que, de forma inconsciente, en ella se reflejan. La respiración es una función básica del cuerpo que facilita todas las demás, pero también es un elemento de comunicación no verbal. Como receptores, captamos las sutilezas sobre el estado del otro en la manera en que respira, en su agitación o su calma…

En El teatro como oportunidad buscamos, entre otras cosas, el bienestar personal a través de la acción colectiva de representar la realidad. Una realidad ficticia, que se crea sobre la marcha, como la vida misma. Para que el teatro nos sirva de herramienta para alcanzar el bienestar o el automejoramiento que nos proponemos, tenemos que entregarnos a vivir la realidad.

Cuando planteamos una escena, los personajes se topan con una situación que deben resolver en coherencia con quiénes son y con lo que necesitan y desean. El grupo, actúa de público, nos sirve de espejo y nos devuelve de forma explícita lo que ha pensado y sentido frente a la realidad representada.

Por otro lado, nosotros mismos observamos lo que ha ocurrido tanto a nivel interno como externo. Podemos entonces contrastar lo percibido por el grupo, nuestro público, y nuestra experiencia. A menudo, nos damos cuenta de que lo que hemos expresado no es igual a lo que hemos vivido ya que nuestro lenguaje no verbal transmite una información distinta de la que ofrecen nuestras palabras. Y nada de esto pasa desapercibido al espectador.

En la respiración encontraremos reflejadas estas divergencias ya que, si bien puede entrenarse para que sea globalmente más eficiente y aprovechar toda nuestra capacidad respiratoria, liberándola de malos hábitos y bloqueos, plasma de forma natural nuestro estado emocional.

La respiración responde a nuestras necesidades, se adapta a lo que hacemos y lo que sentimos: si tenemos que correr, se acelera; cuando descansamos se sosiega. El escenario acota lo que ocurre en una escena, por la que nos es más sencillo hacer un recorrido de lo que ha sucedido, que por el fluir de nuestra vida. Así podremos ver gracias a lo que nos señalan los demás y nuestra propia observación, cuando aparecen los bloqueos de la respiración, cuando usamos sólo la parte superior de los pulmones y cuando sacamos partido a toda nuestra capacidad (respiración de diafragma, profunda o completa).

Nos es ahora sencillo, poniendo la atención en nosotros y gracias a las observaciones sin juicio del grupo, advertir cuando cambia nuestra respiración y poder relacionarlo con lo ocurrido en escena por la aparición de un personaje, un giro en la situación… nos permite darnos cuenta de cómo y cuánto nos afectan sin que seamos conscientes de ello y, a partir de ahí, trabajar conforme a nuestras necesidades.

La respiración es una función vital que podemos hacer más consciente, cuando aprendemos a explorarla y a registrar los cambios que se producen en ella, llevando nuestra atención voluntariamente a la observación de la respiración. Y podemos utilizar esta práctica para dirigirla a favor de nuestro bienestar, en el escenario o en determinadas situaciones de la misma.

 

 

 

El cuerpo: el recipiente de lo emocional

Por Pilar Berjaga alumna de 2do año

“Las emociones se viven, se expresan, pero en el sentido de que se muestran naturalmente, se dejan traslucir en el cuerpo.”

Maturana

Es importante comprender que las emociones no afloran gratuitamente, sino en relación a estímulos que nos son significativos, es decir, como reacción a algo importante para nosotros seamos o no conscientes de ello.

Es interesante observar como cada emoción nos conecta con un campo de acción distinto, podríamos decir que:

La alegría nos impulsa a compartir.

El enfado nos incita a eliminar o a alejar aquello que nos molesta.

La tristeza nos invita a la reflexión y a liberarnos de lo que nos hiere.

El miedo nos paraliza, nos predispone al ataque o a la huida.

Fritz Perl decía que las emociones son el motor básico de toda acción y que, por lo tanto, existen y aparecen en todas las situaciones vitales. Así pues, son aquello que activa a nuestro cuerpo.

Las emociones anteriores se suelen considerar básicas, porque preceden incluso a la consciencia de emoción, mientras que las secundarias serían aquellas derivadas de las básicas que aparecen cuando analizamos lo que sentimos. A menudo nos es difícil distinguir unas de otras lo que nos deja confusos. Pero tenemos un lienzo, nuestro propio cuerpo, que es muy difícil de manipular, en el que se plasma nuestro estado interno y en el que podemos observar sus características propias:

– Son reacciones que producen cambios temporales, como consecuencia de situaciones internas o externas

– Se suceden con rapidez, tienen una temporalidad corta

– Siempre nos encontramos en un estado emocional u otro, incluso cuando estamos en calma

– Son constitutivas del comportamiento humano

– Afectan el resultado de nuestras acciones, condicionan nuestros logros

– Todos tenemos un repertorio emocional propio

– Pueden ser coherentes o incoherentes con la situación en la que nos encontramos

El cuerpo, como recipiente de lo emocional, nos permite percibir nuestro mundo interior y contactar el mundo exterior. La expresión es una manera de unificar la impresión que causa lo externo en nuestra vivencia externa. Así pues, cuando ponemos la conciencia en el cuerpo somos capaces de cambiar la conducta corporal, lo que genera cambios en nosotros también a nivel mental y emocional.

La Gestalt habla de la integración de los tres aspectos que constituyen nuestro “yo”: cognición, emoción y cuerpo. Cuanto más ajustados estén estos tres aspectos de mejor es la calidad de nuestro contacto con el entorno y conseguimos un mayor grado de satisfacción con nuestras experiencias. Cuando vivenciamos el cuerpo, podemos comprender lo que éste expresa con sus movimientos y acciones y, en el teatro, los juegos y las escenas improvisadas nos exponen a constantes imprevistos, y nuestras vivencias se muestran con mucha claridad, sin tiempo para el ocultamiento.

El teatro, en su vertiente terapéutica, es precisamente expresión, el personaje está vacío si sólo recita, es en la expresión corporal dónde observamos la vida y las emociones del personaje y con lo que, como público, nos conectamos realmente.

Desde pequeños, en nuestra inocente intención de agradar a los demás y de encajar en nuestro entorno, vamos bloqueando la expresión de nuestras emociones que nos parece que nos impiden conseguirlo y es el cuerpo el que sufre mayor tensión en este proceso ya que está predispuesto de forma natural a mostrar nuestros estados internos. Cuando comprendemos esto entendemos la importancia de sensibilizar y liberar al cuerpo, obteniendo nuestro propio apoyo y herramientas para realizar el trabajo emocional que deseemos.

En mi experiencia personal, el teatro me ha permitido empezar a conocerme y reconocerme en mi tránsito emocional. Identificar mis emociones, vivirlas plenamente, disfrutarlas o sostenerlas, con el enorme apoyo que significa escuchar la “voz” de mi cuerpo y permitirme sentir a través de él, todo lo auténtico que surge de mi interior, aceptarlo y dejarlo fluir.

La creatividad: del escenario a la vida

En los últimos años estamos oyendo hablar mucho de la creatividad, una cualidad o proceso que tradicionalmente se ha relacionado con entornos artísticos, pero que la sociedad en general parece que empezando a ponerla en valor. La creatividad puede desarrollarse en cualquier faceta de nuestra vida, no sólo en la expresión artística ya que se trata más de un enfoque que de un don con el que algunas personas han sido agraciadas.

En gran parte, es el pensamiento creativo el responsable del desarrollo humano a nivel tecnológico, aunque empieza a tenerse en cuenta también su importancia en el desarrollo personal. La creatividad es también conocida como pensamiento divergente, una expresión muy adecuada, ya que hablamos de ese pensamiento que se desvía de las pautas conocidas y va más allá de lo obvio para generar un punto de vista nuevo a partir de aquello que ya nos es conocido.

Pero ¿por qué no somos todos igual de creativos? La educación que recibimos es fundamental en todos los aspectos de nuestra vida y, en este, no es una excepción. En general, tanto en el entorno social como en el formativo, se nos alienta a tomar conocimientos y a reproducirlos tal y como los hemos adquirido, con el objetivo de estar bien integrados en nuestro entorno. Algunas personas, ya sea por desarrollarse en un entorno que estimula su pensamiento divergente, ya sea por su resiliencia dentro de entornos menos favorecidos, aplican la creatividad en muchas de las facetas de su vida.

Más allá del entorno, podemos desarrollar nuestro pensamiento creativo para que nos ayude a afrontar las situaciones de nuestra vida. Más relacionado con la imaginación que con la inteligencia, podemos expandir nuestro pensamiento divergente empezando por liberarnos progresivamente de los corsés que se nos han transmitido sobre cuál es la manera apropiada de resolver un problema o de hacer determinadas cosas.

En nuestros talleres los problemas que intentamos resolver son escenas teatrales, partiendo de unos personajes, de unas pocas premisas y con el espacio abierto a que pueda suceder cualquier cosa y, los corsés con los que llegamos, acostumbran a ser los prejuicios propios y la preocupación por lo que los demás piensen de nosotros.

El teatro nos permite trabajar simultáneamente la imaginación -considerada mucho más determinante del pensamiento creativo que la inteligencia- y liberarnos de las propias restricciones potenciando estos aspectos, entre otros, que colaboran en el desarrollo del pensamiento divergente:

Ganar confianza en uno mismo: el teatro relativiza el concepto que podamos tener de éxito y fracaso ya que no existe a priori una manera correcta de interpretar un personaje o desarrollar una escena improvisada en la que puede ocurrir cualquier cosa, encontrando a veces rutas poco usuales -y creativas- de resolver una situación.

Coraje: afrontar el miedo al qué dirán o pensarán de nosotros se consigue a través de la acción. Es después de actuar a pesar del temor que nos damos cuenta de que la valentía ya está en nosotros.

La curiosidad como fuente: el interés generalizado por cualquier tema nos aporta información diversa y distintos puntos de vista que, más adelante, pueden aparecer, planteando una ruta totalmente original, para resolver una situación.

La flexibilidad: la improvisación teatral nos ofrece una y otra vez la posibilidad de no desalentarnos porque las cosas no salgan como las habíamos planificado y adaptarnos a la situación tal y como se presenta ahora. Aceptar que las cosas pueden no salir como las habíamos proyectado, nos abre a vivir experiencias desde otra perspectiva y a encontrar, desde nosotros mismos, procedimientos distintos a los que solemos utilizar.

Escuchar nuestra intuición: en el escenario, cuando improvisamos, no tenemos tiempo de confeccionar un guión y planificar aquello que diremos o haremos. Si nos dejamos en manos de nuestra intuición y partiendo de una mínima definición de personajes y escena, observaremos como fluye la palabra y la acción, llegando a sorprendernos el resultado a nosotros mismos.

Perseverancia: el empeño por lograr lo que nos hemos propuesto, adecuándonos a nuevas circunstancia e imprevistos, nos refuerza.

Si ponemos nuestra atención y nuestra conciencia en aquello que nos facilita deshacernos de nuestros propios obstáculos, conseguimos liberar progresivamente nuestra capacidad de pensamiento original y establecer nuevas soluciones frente a cualquier realidad de una manera adecuada a nosotros mismos, ya que cada uno de nosotros es único como ser humano y posee un potencial creativo que se puede desarrollar sin demasiado esfuerzo.