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Respirar el escenario

La respiración es una función automatizada de nuestro organismo a la que, raramente, prestamos atención. Es un aspecto caudal en la interpretación teatral y no puede disociarse del trabajo de la voz y la dicción. Pero la respiración no solo está relacionada con la fonación, la práctica de cualquier ejercicio físico requiere de la toma de conciencia de la propia respiración y aprender a regularla para conseguir un mejor desempeño.

Observar la respiración no sólo nos permite ser atender a ella, sino que además podemos percibir los estados internos que, de forma inconsciente, en ella se reflejan. La respiración es una función básica del cuerpo que facilita todas las demás, pero también es un elemento de comunicación no verbal. Como receptores, captamos las sutilezas sobre el estado del otro en la manera en que respira, en su agitación o su calma…

En El teatro como oportunidad buscamos, entre otras cosas, el bienestar personal a través de la acción colectiva de representar la realidad. Una realidad ficticia, que se crea sobre la marcha, como la vida misma. Para que el teatro nos sirva de herramienta para alcanzar el bienestar o el automejoramiento que nos proponemos, tenemos que entregarnos a vivir la realidad.

Cuando planteamos una escena, los personajes se topan con una situación que deben resolver en coherencia con quiénes son y con lo que necesitan y desean. El grupo, actúa de público, nos sirve de espejo y nos devuelve de forma explícita lo que ha pensado y sentido frente a la realidad representada.

Por otro lado, nosotros mismos observamos lo que ha ocurrido tanto a nivel interno como externo. Podemos entonces contrastar lo percibido por el grupo, nuestro público, y nuestra experiencia. A menudo, nos damos cuenta de que lo que hemos expresado no es igual a lo que hemos vivido ya que nuestro lenguaje no verbal transmite una información distinta de la que ofrecen nuestras palabras. Y nada de esto pasa desapercibido al espectador.

En la respiración encontraremos reflejadas estas divergencias ya que, si bien puede entrenarse para que sea globalmente más eficiente y aprovechar toda nuestra capacidad respiratoria, liberándola de malos hábitos y bloqueos, plasma de forma natural nuestro estado emocional.

La respiración responde a nuestras necesidades, se adapta a lo que hacemos y lo que sentimos: si tenemos que correr, se acelera; cuando descansamos se sosiega. El escenario acota lo que ocurre en una escena, por la que nos es más sencillo hacer un recorrido de lo que ha sucedido, que por el fluir de nuestra vida. Así podremos ver gracias a lo que nos señalan los demás y nuestra propia observación, cuando aparecen los bloqueos de la respiración, cuando usamos sólo la parte superior de los pulmones y cuando sacamos partido a toda nuestra capacidad (respiración de diafragma, profunda o completa).

Nos es ahora sencillo, poniendo la atención en nosotros y gracias a las observaciones sin juicio del grupo, advertir cuando cambia nuestra respiración y poder relacionarlo con lo ocurrido en escena por la aparición de un personaje, un giro en la situación… nos permite darnos cuenta de cómo y cuánto nos afectan sin que seamos conscientes de ello y, a partir de ahí, trabajar conforme a nuestras necesidades.

La respiración es una función vital que podemos hacer más consciente, cuando aprendemos a explorarla y a registrar los cambios que se producen en ella, llevando nuestra atención voluntariamente a la observación de la respiración. Y podemos utilizar esta práctica para dirigirla a favor de nuestro bienestar, en el escenario o en determinadas situaciones de la misma.

 

 

 

El cuerpo: el recipiente de lo emocional

Por Pilar Berjaga alumna de 2do año

“Las emociones se viven, se expresan, pero en el sentido de que se muestran naturalmente, se dejan traslucir en el cuerpo.”

Maturana

Es importante comprender que las emociones no afloran gratuitamente, sino en relación a estímulos que nos son significativos, es decir, como reacción a algo importante para nosotros seamos o no conscientes de ello.

Es interesante observar como cada emoción nos conecta con un campo de acción distinto, podríamos decir que:

La alegría nos impulsa a compartir.

El enfado nos incita a eliminar o a alejar aquello que nos molesta.

La tristeza nos invita a la reflexión y a liberarnos de lo que nos hiere.

El miedo nos paraliza, nos predispone al ataque o a la huida.

Fritz Perl decía que las emociones son el motor básico de toda acción y que, por lo tanto, existen y aparecen en todas las situaciones vitales. Así pues, son aquello que activa a nuestro cuerpo.

Las emociones anteriores se suelen considerar básicas, porque preceden incluso a la consciencia de emoción, mientras que las secundarias serían aquellas derivadas de las básicas que aparecen cuando analizamos lo que sentimos. A menudo nos es difícil distinguir unas de otras lo que nos deja confusos. Pero tenemos un lienzo, nuestro propio cuerpo, que es muy difícil de manipular, en el que se plasma nuestro estado interno y en el que podemos observar sus características propias:

– Son reacciones que producen cambios temporales, como consecuencia de situaciones internas o externas

– Se suceden con rapidez, tienen una temporalidad corta

– Siempre nos encontramos en un estado emocional u otro, incluso cuando estamos en calma

– Son constitutivas del comportamiento humano

– Afectan el resultado de nuestras acciones, condicionan nuestros logros

– Todos tenemos un repertorio emocional propio

– Pueden ser coherentes o incoherentes con la situación en la que nos encontramos

El cuerpo, como recipiente de lo emocional, nos permite percibir nuestro mundo interior y contactar el mundo exterior. La expresión es una manera de unificar la impresión que causa lo externo en nuestra vivencia externa. Así pues, cuando ponemos la conciencia en el cuerpo somos capaces de cambiar la conducta corporal, lo que genera cambios en nosotros también a nivel mental y emocional.

La Gestalt habla de la integración de los tres aspectos que constituyen nuestro “yo”: cognición, emoción y cuerpo. Cuanto más ajustados estén estos tres aspectos de mejor es la calidad de nuestro contacto con el entorno y conseguimos un mayor grado de satisfacción con nuestras experiencias. Cuando vivenciamos el cuerpo, podemos comprender lo que éste expresa con sus movimientos y acciones y, en el teatro, los juegos y las escenas improvisadas nos exponen a constantes imprevistos, y nuestras vivencias se muestran con mucha claridad, sin tiempo para el ocultamiento.

El teatro, en su vertiente terapéutica, es precisamente expresión, el personaje está vacío si sólo recita, es en la expresión corporal dónde observamos la vida y las emociones del personaje y con lo que, como público, nos conectamos realmente.

Desde pequeños, en nuestra inocente intención de agradar a los demás y de encajar en nuestro entorno, vamos bloqueando la expresión de nuestras emociones que nos parece que nos impiden conseguirlo y es el cuerpo el que sufre mayor tensión en este proceso ya que está predispuesto de forma natural a mostrar nuestros estados internos. Cuando comprendemos esto entendemos la importancia de sensibilizar y liberar al cuerpo, obteniendo nuestro propio apoyo y herramientas para realizar el trabajo emocional que deseemos.

En mi experiencia personal, el teatro me ha permitido empezar a conocerme y reconocerme en mi tránsito emocional. Identificar mis emociones, vivirlas plenamente, disfrutarlas o sostenerlas, con el enorme apoyo que significa escuchar la “voz” de mi cuerpo y permitirme sentir a través de él, todo lo auténtico que surge de mi interior, aceptarlo y dejarlo fluir.

La creatividad: del escenario a la vida

En los últimos años estamos oyendo hablar mucho de la creatividad, una cualidad o proceso que tradicionalmente se ha relacionado con entornos artísticos, pero que la sociedad en general parece que empezando a ponerla en valor. La creatividad puede desarrollarse en cualquier faceta de nuestra vida, no sólo en la expresión artística ya que se trata más de un enfoque que de un don con el que algunas personas han sido agraciadas.

En gran parte, es el pensamiento creativo el responsable del desarrollo humano a nivel tecnológico, aunque empieza a tenerse en cuenta también su importancia en el desarrollo personal. La creatividad es también conocida como pensamiento divergente, una expresión muy adecuada, ya que hablamos de ese pensamiento que se desvía de las pautas conocidas y va más allá de lo obvio para generar un punto de vista nuevo a partir de aquello que ya nos es conocido.

Pero ¿por qué no somos todos igual de creativos? La educación que recibimos es fundamental en todos los aspectos de nuestra vida y, en este, no es una excepción. En general, tanto en el entorno social como en el formativo, se nos alienta a tomar conocimientos y a reproducirlos tal y como los hemos adquirido, con el objetivo de estar bien integrados en nuestro entorno. Algunas personas, ya sea por desarrollarse en un entorno que estimula su pensamiento divergente, ya sea por su resiliencia dentro de entornos menos favorecidos, aplican la creatividad en muchas de las facetas de su vida.

Más allá del entorno, podemos desarrollar nuestro pensamiento creativo para que nos ayude a afrontar las situaciones de nuestra vida. Más relacionado con la imaginación que con la inteligencia, podemos expandir nuestro pensamiento divergente empezando por liberarnos progresivamente de los corsés que se nos han transmitido sobre cuál es la manera apropiada de resolver un problema o de hacer determinadas cosas.

En nuestros talleres los problemas que intentamos resolver son escenas teatrales, partiendo de unos personajes, de unas pocas premisas y con el espacio abierto a que pueda suceder cualquier cosa y, los corsés con los que llegamos, acostumbran a ser los prejuicios propios y la preocupación por lo que los demás piensen de nosotros.

El teatro nos permite trabajar simultáneamente la imaginación -considerada mucho más determinante del pensamiento creativo que la inteligencia- y liberarnos de las propias restricciones potenciando estos aspectos, entre otros, que colaboran en el desarrollo del pensamiento divergente:

Ganar confianza en uno mismo: el teatro relativiza el concepto que podamos tener de éxito y fracaso ya que no existe a priori una manera correcta de interpretar un personaje o desarrollar una escena improvisada en la que puede ocurrir cualquier cosa, encontrando a veces rutas poco usuales -y creativas- de resolver una situación.

Coraje: afrontar el miedo al qué dirán o pensarán de nosotros se consigue a través de la acción. Es después de actuar a pesar del temor que nos damos cuenta de que la valentía ya está en nosotros.

La curiosidad como fuente: el interés generalizado por cualquier tema nos aporta información diversa y distintos puntos de vista que, más adelante, pueden aparecer, planteando una ruta totalmente original, para resolver una situación.

La flexibilidad: la improvisación teatral nos ofrece una y otra vez la posibilidad de no desalentarnos porque las cosas no salgan como las habíamos planificado y adaptarnos a la situación tal y como se presenta ahora. Aceptar que las cosas pueden no salir como las habíamos proyectado, nos abre a vivir experiencias desde otra perspectiva y a encontrar, desde nosotros mismos, procedimientos distintos a los que solemos utilizar.

Escuchar nuestra intuición: en el escenario, cuando improvisamos, no tenemos tiempo de confeccionar un guión y planificar aquello que diremos o haremos. Si nos dejamos en manos de nuestra intuición y partiendo de una mínima definición de personajes y escena, observaremos como fluye la palabra y la acción, llegando a sorprendernos el resultado a nosotros mismos.

Perseverancia: el empeño por lograr lo que nos hemos propuesto, adecuándonos a nuevas circunstancia e imprevistos, nos refuerza.

Si ponemos nuestra atención y nuestra conciencia en aquello que nos facilita deshacernos de nuestros propios obstáculos, conseguimos liberar progresivamente nuestra capacidad de pensamiento original y establecer nuevas soluciones frente a cualquier realidad de una manera adecuada a nosotros mismos, ya que cada uno de nosotros es único como ser humano y posee un potencial creativo que se puede desarrollar sin demasiado esfuerzo.

Autodescubrimiento a través del teatro

Por Gleva Bernet, secretaria de dirección

Al iniciar el trabajo de las emociones básicas –alegría, tristeza, miedo y rabia- creía que me resultaría muy fácil poner atención y conciencia en ellas y conocer perfectamente mi estado emocional, que sería sencillo llegar al fondo de ello.

Recuerdo el taller de clown… todo parecía fluir y podía reconocer con facilidad mis emociones e incluso representarlas a través de mi clown. Tengo soltura para expresar, parecía muy contenta con la tarea, incluso entusiasta: el personaje creía que sería su momento de gloria, en el que exhibir habilidades y encantos, confiada y tranquila.

Y yo, tras mi clown me sentía alerta, segura y feliz, más que eso, estaba eufórica, con muchas ganas de dejarlo entrar en acción. La alegría muestra mi niña interior y me hace sentir libertad y plenitud.

Por otro lado, a veces notaba esta alegría amenazada… y surgía la ira, una emoción que me hace sentir poderosa pero que me daña y percibo que mi energía se desvanece.

A lo largo del taller fui dándome cuenta de que evitaba conectarme con la tristeza y el miedo, encantaba como estaba con la alegría que sentía. A través de las dinámicas me fui dando cuenta de cómo ésta encubría lo que sentía realmente y me impedía percibir la realidad en mi cuerpo. Fue durante una dinámica en la que una compañera hacía de espejo de mis movimientos que me di cuenta de lo rígido, frío y duro que éste se encontraba.

Fue entonces cuando empecé a tomar conciencia de que, en realidad, mi cuerpo estaba poniendo barreras y distancia y que, en mi pretensión de mostrar la alegría que sentía, sólo conseguía hacer una caricatura… Fue haciéndose evidente el desajuste que existía entre mi mente, mi cuerpo y mis emociones y que escucharlos me era mucho más difícil de lo que yo pensaba.

Me impresionó darme cuenta de cómo mi cuerpo se protegía y ponía límites en lugar de manifestar la alegría que sentía, pero no fue hasta un tiempo después del curso que conseguí responsabilizarme de ello. Fue cuando me propuse escribir sobre el taller que me di cuenta de que no era tanta mi alegría, que la había sobredimensionado, quizás, porque era lo que deseaba sentir.

Con el tiempo y la distancia todo de lo que me había dado cuenta fue calando en mí lentamente. La euforia se ha ido transformando en una sosegada alegría, en una sonrisa. Me he dado cuenta que tomar conciencia de lo que sentimos y del estado de nuestro cuerpo en relación a las emociones, no es tan sencillo como pensaba y que soy menos consciente de lo que ocurre en mí, de lo que creía. Pero no me castigo: me ayuda a sentir que sigo aprendiendo, que cuido de mí misma.

He pasado de creer que contralaba mis emociones a darme cuenta de cómo bloqueaba mi cuerpo para hacerlo -sobre todo para reprimir la tristeza- y como éste me delataba. No contaba con la sinceridad del cuerpo en todo momento. Me ha sorprendido mi dificultad pese a mis esfuerzos, para poner conciencia en el cuerpo y en la respiración y tengo la sensación de que el proceso de darme cuenta no ha hecho más que empezar.

En el fondo, se trata de permanecer atenta a lo que ocurre en el cuerpo, y observar entonces la emociones y los pensamientos, y viceversa, e intentar captar cómo se relacionan.

Para conseguirlo ahora sé que debo permitirme sentir cualquier emoción, transitarlas, con la ayuda de lo que mi cuerpo expresa, observando la relación Cuerpo-Mente-Emociones a diario.

Sólo me queda dar las gracias a Isabel y a Laura, por compartir todo aquello que saben y acompañarme en mi trayecto de autodescubrimiento a través del teatro.

Intimidad y grupo

El grupo es fundamental en el trabajo que desarrollamos en nuestros cursos y talleres. Hablamos en otra ocasión de la función de espejo que éste desempeña y, para ello, es necesario generar un clima que lo propicie ya que, para lograr los objetivos que nos proponemos individualmente, es necesario disponer de suficiente intimidad personal y grupal.

Entendemos por intimidad un espacio abstracto reservado para un grupo determinado de personas. Puede definirse también por lo que ocurre en dicho espacio, aquellas acciones o emociones que se comparten en privado, que deseamos mantener al margen de nuestra esfera pública. En un espacio íntimo sentimos que podemos compartir sin miedo cualquier información o emoción, sin temer ser juzgados, por el contrario, sentimos el apoyo y la comprensión de los demás.

Aquí y ahora, yo y el otro

Esta sensación activa nuestra empatía, facilitando la conexión con el otro y creando y fortaleciendo nuestros vínculos. El trabajo en El teatro como Oportunidad parte de la toma de consciencia de uno mismo, de ir progresivamente dándonos cuenta de lo que nos ocurre a nosotros mismos a todos los niveles y para ello, es imprescindible situarnos en el aquí y el ahora. Ser plenamente en el momento presente nos facilita el encuentro con el otro, que se genere la intimidad necesaria para que todos los presentes podamos mostrarnos como somos y estamos en ése determinado momento.

El reconocimiento personal de quiénes somos, qué queremos y qué necesitamos nos acerca al reconocimiento de quién es, qué quiere y qué necesita el otro, allanando el camino del contacto, de la empatía y creando el espacio de intimidad en el que todos podemos ser auténticamente y ahondar en la experiencia que el teatro nos propone.
Así pues, partimos siempre del compromiso de confidencialidad y avanzamos para establecer una conexión honesta entre todos los miembros del grupo. Esto nos exige a todos y cada uno de los participantes compartirnos con la máxima honestidad de la que somos capaces y prepararnos para aceptar la respuesta que recibamos del otro.

Porque en la verdadera intimidad compartimos acciones, ideas y emociones, responsabilizándonos de todo ello, y es tan importante nuestra intención de abrirnos a los demás como acoger la apertura del resto de personas del grupo. La confianza y la capacidad de mostrarnos vulnerables son la base y en El teatro como Oportunidad las cuidamos especialmente.

Intimidad y cercanía

Cuando creamos un clima íntimo nos sentimos aceptados y apoyados, buscamos el bienestar del otro tanto como el propio, porque nos sentimos cercanos a su honestidad y valentía y deseamos comprender sin juzgar.

La intimidad va más allá de la privacidad y la confianza, aunque éstas resulten imprescindibles para propiciarla. Es compartir nuestro mundo interior con generosidad y coraje, no exentos de miedo sino a pesar de él y en este entorno nuestra experiencia resulta reparadora y a medida que se repite produce cambios permanentes en nosotros, haciendo que nos sintamos más a gusto con quienes somos y con un deseo mayor de compartirnos.

Pensamos que la tarea teatral fluye con mayor alegría en el quehacer común, en el descubrimiento y el conocimiento compartido y vivencial. Por eso los procesos formativos propuestos contemplan el trabajo sobre uno mismo y también la RELACION CON LOS OTROS, la creación conjunta y la posibilidad de llevar lo aprendido a los propios espacios personales.