Blog

Autodescubrimiento a través del teatro

Por Gleva Bernet, secretaria de dirección

Al iniciar el trabajo de las emociones básicas –alegría, tristeza, miedo y rabia- creía que me resultaría muy fácil poner atención y conciencia en ellas y conocer perfectamente mi estado emocional, que sería sencillo llegar al fondo de ello.

Recuerdo el taller de clown… todo parecía fluir y podía reconocer con facilidad mis emociones e incluso representarlas a través de mi clown. Tengo soltura para expresar, parecía muy contenta con la tarea, incluso entusiasta: el personaje creía que sería su momento de gloria, en el que exhibir habilidades y encantos, confiada y tranquila.

Y yo, tras mi clown me sentía alerta, segura y feliz, más que eso, estaba eufórica, con muchas ganas de dejarlo entrar en acción. La alegría muestra mi niña interior y me hace sentir libertad y plenitud.

Por otro lado, a veces notaba esta alegría amenazada… y surgía la ira, una emoción que me hace sentir poderosa pero que me daña y percibo que mi energía se desvanece.

A lo largo del taller fui dándome cuenta de que evitaba conectarme con la tristeza y el miedo, encantaba como estaba con la alegría que sentía. A través de las dinámicas me fui dando cuenta de cómo ésta encubría lo que sentía realmente y me impedía percibir la realidad en mi cuerpo. Fue durante una dinámica en la que una compañera hacía de espejo de mis movimientos que me di cuenta de lo rígido, frío y duro que éste se encontraba.

Fue entonces cuando empecé a tomar conciencia de que, en realidad, mi cuerpo estaba poniendo barreras y distancia y que, en mi pretensión de mostrar la alegría que sentía, sólo conseguía hacer una caricatura… Fue haciéndose evidente el desajuste que existía entre mi mente, mi cuerpo y mis emociones y que escucharlos me era mucho más difícil de lo que yo pensaba.

Me impresionó darme cuenta de cómo mi cuerpo se protegía y ponía límites en lugar de manifestar la alegría que sentía, pero no fue hasta un tiempo después del curso que conseguí responsabilizarme de ello. Fue cuando me propuse escribir sobre el taller que me di cuenta de que no era tanta mi alegría, que la había sobredimensionado, quizás, porque era lo que deseaba sentir.

Con el tiempo y la distancia todo de lo que me había dado cuenta fue calando en mí lentamente. La euforia se ha ido transformando en una sosegada alegría, en una sonrisa. Me he dado cuenta que tomar conciencia de lo que sentimos y del estado de nuestro cuerpo en relación a las emociones, no es tan sencillo como pensaba y que soy menos consciente de lo que ocurre en mí, de lo que creía. Pero no me castigo: me ayuda a sentir que sigo aprendiendo, que cuido de mí misma.

He pasado de creer que contralaba mis emociones a darme cuenta de cómo bloqueaba mi cuerpo para hacerlo -sobre todo para reprimir la tristeza- y como éste me delataba. No contaba con la sinceridad del cuerpo en todo momento. Me ha sorprendido mi dificultad pese a mis esfuerzos, para poner conciencia en el cuerpo y en la respiración y tengo la sensación de que el proceso de darme cuenta no ha hecho más que empezar.

En el fondo, se trata de permanecer atenta a lo que ocurre en el cuerpo, y observar entonces la emociones y los pensamientos, y viceversa, e intentar captar cómo se relacionan.

Para conseguirlo ahora sé que debo permitirme sentir cualquier emoción, transitarlas, con la ayuda de lo que mi cuerpo expresa, observando la relación Cuerpo-Mente-Emociones a diario.

Sólo me queda dar las gracias a Isabel y a Laura, por compartir todo aquello que saben y acompañarme en mi trayecto de autodescubrimiento a través del teatro.

Intimidad y grupo

El grupo es fundamental en el trabajo que desarrollamos en nuestros cursos y talleres. Hablamos en otra ocasión de la función de espejo que éste desempeña y, para ello, es necesario generar un clima que lo propicie ya que, para lograr los objetivos que nos proponemos individualmente, es necesario disponer de suficiente intimidad personal y grupal.

Entendemos por intimidad un espacio abstracto reservado para un grupo determinado de personas. Puede definirse también por lo que ocurre en dicho espacio, aquellas acciones o emociones que se comparten en privado, que deseamos mantener al margen de nuestra esfera pública. En un espacio íntimo sentimos que podemos compartir sin miedo cualquier información o emoción, sin temer ser juzgados, por el contrario, sentimos el apoyo y la comprensión de los demás.

Aquí y ahora, yo y el otro

Esta sensación activa nuestra empatía, facilitando la conexión con el otro y creando y fortaleciendo nuestros vínculos. El trabajo en El teatro como Oportunidad parte de la toma de consciencia de uno mismo, de ir progresivamente dándonos cuenta de lo que nos ocurre a nosotros mismos a todos los niveles y para ello, es imprescindible situarnos en el aquí y el ahora. Ser plenamente en el momento presente nos facilita el encuentro con el otro, que se genere la intimidad necesaria para que todos los presentes podamos mostrarnos como somos y estamos en ése determinado momento.

El reconocimiento personal de quiénes somos, qué queremos y qué necesitamos nos acerca al reconocimiento de quién es, qué quiere y qué necesita el otro, allanando el camino del contacto, de la empatía y creando el espacio de intimidad en el que todos podemos ser auténticamente y ahondar en la experiencia que el teatro nos propone.
Así pues, partimos siempre del compromiso de confidencialidad y avanzamos para establecer una conexión honesta entre todos los miembros del grupo. Esto nos exige a todos y cada uno de los participantes compartirnos con la máxima honestidad de la que somos capaces y prepararnos para aceptar la respuesta que recibamos del otro.

Porque en la verdadera intimidad compartimos acciones, ideas y emociones, responsabilizándonos de todo ello, y es tan importante nuestra intención de abrirnos a los demás como acoger la apertura del resto de personas del grupo. La confianza y la capacidad de mostrarnos vulnerables son la base y en El teatro como Oportunidad las cuidamos especialmente.

Intimidad y cercanía

Cuando creamos un clima íntimo nos sentimos aceptados y apoyados, buscamos el bienestar del otro tanto como el propio, porque nos sentimos cercanos a su honestidad y valentía y deseamos comprender sin juzgar.

La intimidad va más allá de la privacidad y la confianza, aunque éstas resulten imprescindibles para propiciarla. Es compartir nuestro mundo interior con generosidad y coraje, no exentos de miedo sino a pesar de él y en este entorno nuestra experiencia resulta reparadora y a medida que se repite produce cambios permanentes en nosotros, haciendo que nos sintamos más a gusto con quienes somos y con un deseo mayor de compartirnos.

Pensamos que la tarea teatral fluye con mayor alegría en el quehacer común, en el descubrimiento y el conocimiento compartido y vivencial. Por eso los procesos formativos propuestos contemplan el trabajo sobre uno mismo y también la RELACION CON LOS OTROS, la creación conjunta y la posibilidad de llevar lo aprendido a los propios espacios personales.

Las emociones básicas y el cuerpo

Por Laura Martuscelli, actriz

A lo largo de mi carrera como actriz he tenido la necesidad de poner mucho el foco en el cuerpo. Me era fácil saber si estaba tenso o si, por lo contrario, lo sentía flexible. Por el contrario, emociones como el miedo y la tristeza, era incapaz de reconocerlas corporalmente.

Gracias al trabajo realizado en la Formación, he podido ir dándome cuenta de mis diferentes formas de actuar, comportamientos automáticos que hacían que me fuera menos fácil captar las emociones en mi cuerpo.

A continuación, planteo las vivencias y cómo las he ido gestionando, en relación a las emociones básica y al cuerpo.

La alegría

Me considero alegre muchas veces, pero sentirlo en el cuerpo se me hace realmente complicado. En mí, la alegría auténtica se esconde debajo de la tristeza que no dejo salir. Noto como el cuerpo se va tensionando, sobre todo en la parte del estómago, en la zona más orgánica y en la parte muscular, en el diafragma. Observo que puedo llegar a sacar una alegría falsa, a veces hasta eufórica, presionando al cuerpo. Y la respuesta a este esfuerzo es el agotamiento.

La pregunta que surge es: ¿cómo llegar a lo mismo sin tener que agotarme?

Gracias a lo vivido en la formación me he dado cuenta de que en mí se trata de una cuestión de tempo, muchas veces no atiendo a mi propio tempo, a mi ritmo biológico. Con los ejercicios que hemos realizado en la Formación (por ejemplo reconocernos con los ojos cerrados, crear una escena en cámara lenta con música, bailar con nuestra “vida”…) he podido experimentar ese cambio de ritmo en mí desde el cuerpo y esto ha permitido que la tristeza pueda aflorar, para luego sin yo buscarlo ni imponerlo, sentirme con una abertura en el pecho, y sentir tranquilidad y distensión. Un sentir desde el bienestar corporal en el que hay silencio: hombros relajados y sobre todo, el estómago, la parte del diafragma, completamente laxo, sin dureza.

El enfado

Mi estado automático desde la mente, si no pongo consciencia de ello corporalmente es el del enfado.

En la formación me he dado cuenta que es eso a lo que mi cuerpo está acostumbrado, con la finalidad -como en el caso de la alegría- de no sentir su emoción “opuesta”, en este caso el miedo.

El ritmo que a mi cuerpo le he dado durante años es el staccato; pero mi cuerpo ya tiene suficiente de golpes bruscos, rigidez en el cuello y en los hombros, que quiere fluir y ser armonioso.  El teatro me ha ayudado a poder llevar a cabo esta tarea y, gracias a la Gestalt, he tomado consciencia de que hay otras formas de movimiento que conducen a mi mente a buscar otras maneras de reaccionar y estar en el mundo.

La respiración es muy importante también. Darme cuenta de que -como cuando hay un enfrentamiento o algo me causa miedo- mi reacción automática es el ataque, la defensa, mi respiración instantáneamente se corta y la retengo, mis hombros hacen un sobresfuerzo por sostenerme, mi cuello se tensiona y mi pecho se cierra.

El poder situarme en un ritmo más de escucha y un tempo más lento, me ayuda a poder sentir mi cuerpo con detenimiento y sin obviar sus sensaciones. Bajando al cuerpo, acallo mi mente y siento lo que para mí es real, lo que verdaderamente estoy viviendo.

La tristeza

La tristeza en mi cuerpo actúa de “Para y escucha” y por esta razón pocas veces mi mente quiere estar allí. Tengo que estar muy atenta a sus llamados para no escapar y desde lo corporal poder acogerlo.

Mi cuerpo es muy vital, tiene mucha fuerza y energía. La tristeza, cuando logro sentirla en mi cuerpo, está en mi corazón, en el pecho y se mezcla con el miedo a veces, en el estómago. Me lleva a parar y escuchar; respirar y dejarme en paz. Confiar que desde el no hacer y desde el silencio, simplemente estando y aflojando las tensiones. La tristeza surge cuando paro; cuando no hay ruido a mi alrededor y puedo sumergirme en mi cuerpo.

El sonido del piano, los movimientos lentos y presentes, el tacto con los ojos cerrados… permiten que la tristeza aparezca.

El miedo

Ante el miedo, desconfío: de quien se acerca, de quien habla, de lo que se me dice… Desconfío hasta de mí misma.

La desconfianza actúa en mí como un automatismo de defensa y noto el cuerpo como si estuviera insatisfecho. Lo tenso, corto la respiración y me preparo para el ataque y entonces me es imposible sentir nada corporalmente. Mi mente genera un proceso para no sentir. Mi rostro se endurece, mi rictus parece el de una mujer de más edad y entonces, bloqueado el cuerpo, se bloquea mi mente y entro en una especie de estado de shock, en el cual no hay posibilidad ni de fluidez corporal ni mental. Me enfado.

Para ser capaz de reconocer que lo que siento es miedo, necesito mover el cuerpo y despojarme del enfado. Necesito poner la atención en la respiración para percibir físicamente el miedo, escondido entre el estómago y el diafragma.

Conclusiones

Como artista me siento con la responsabilidad de escuchar mi cuerpo y cuánto más lo hago, más me doy cuenta del cómo estoy en cada momento. Es como una brújula que me guía en mis emociones.

Mi cuerpo me dice de muchas formas (enfermedades leves, dolores, contracturas…) que hay algo que puedo cambiar, que hay algo que necesito escuchar, o que simplemente necesito parar… o llorar.

Mi cuerpo es el altavoz de las emociones desde que he aprendido –y sigo haciéndolo- a escucharlo.   

Teatro y empatía

dscf4084-version-2

Ser empático, es decir, ser capaz de ponerse en el lugar del otro, es prácticamente imprescindible para la interpretación teatral pero también para el lograr un sano equilibrio en nuestras relaciones y con nosotros mismos. Dar vida un personaje, ya nos resulte cercano o alejado de nosotros, es ejercitar la empatía con todos sus matices, desarrollándola con consciencia.

A menudo se produce algún equívoco sobre la empatía, como si consistiera en experimentar lo mismo que otra persona o proyectarnos a nosotros mismos en esa situación. Si bien ambas cosas pueden ayudarnos a conectar con las circunstancias y las acciones del otro, la capacidad de empatizar tiene que ver también con minimizar los prejuicios, los juicios y con el autoconocimiento.

Usamos el término minimizar, porque es difícil estar libre de opiniones hechas a priori, como no hacer un dictamen sobre lo que observamos, es decir, no podemos aspirar a ser completamente objetivos, pero sí lo suficiente. Por otro lado, conocernos a nosotros mismos nos aporta consciencia sobre cómo es de complicado ser uno mismo, integrar nuestros bagajes personales para que resulten positivos para nosotros y para nuestra relación con los demás y cuánto de nosotros está condicionado por muy diversas circunstancias.

Atisbar la complejidad con que se conformó nuestra propia personalidad, nos aproxima a complejidad del otro y somos capaces de alejarnos de dicotomías absolutas -como bueno/malo-, que sólo nos aportan una visión simplificada de toda una cadena de situaciones y procesos, externos e internos, que acaban teniendo como resultado la acción que podemos observar en otra persona.

Muchos actores trabajan desde la recreación detallada de lo que imaginan que ha sido la vida e historia del personaje, para poder conectar con sus circunstancias y, por tanto, con sus emociones. En nuestros talleres trabajamos casi por completo desde la improvisación en la que, si bien siempre hay una mínima parte de construcción del personaje, en la que se le atribuyen contextos internos y vitales, éste es muy limitado.

La improvisación pues, nos impone otra manera de trabajar, no tanto desde el conocimiento del otro sino desde la apertura a sus acciones, aunque no comprendamos del todo sus razones o motivaciones, desde la presunción de que todos nosotros hacemos aquello que podemos hacer en cada circunstancia, aunque nuestras acciones resulten “malas” o “erróneas” a ojos de los demás.

En nuestras sesiones de trabajo podemos observar a los personajes, qué dicen y qué callan, qué muestran y ocultan… y disponemos del espacio para parar -de un modo que nuestra vida diaria a menudo no nos permite- y comentar lo que hemos advertido y reflexionar sobre las emociones ajenas y propias que han surgido.

Empatizar no es estar de acuerdo, no es aprobar, no es experimentar lo mismo, es tener una visión de fondo, que va más allá de la nuestra, que cuenta su propia historia y que tiene un coherencia propia –incluso en su incoherencia-.

La empatía nos conecta con lo humano del otro a través de lo humano en nosotros: la complejidad de las emociones, del pensamiento y la corporalidad y de sus interrelaciones, con lo casi inconmensurable de cualquier biografía y con nuestra propia complejidad, a través de la aceptación –que es una forma de amor- no sólo del otro y de su conducta, sino también de la realidad tal y como se manifiesta.

La sesión de teatro y Gestalt: darse cuenta

DSCF0163Una de los preceptos sobre los que se fundamenta el trabajo en terapia Gestalt es darse cuenta, sin que nuestra conciencia esté en el aquí y el ahora, registrando plenamente la experiencia mientras es vivida por nosotros, resulta muy difícil el cambio.

El teatro nos ofrece una oportunidad excelente para trabajar la toma de conciencia sobre nuestras propias realidades: la interior y la exterior. Por un lado, para percatarnos de nuestras sensaciones corporales, agradables y desagradables, tensiones, como es la respiración… Por otro, de toda la información sobre lo que nos rodea que nos llega a través de los sentidos y que solemos procesar de forma inconsciente.

Existe también un espacio intermedio entre lo interno y externo, en la que se sitúan las manifestaciones de tipo mental: lo que pensamos, imaginamos, proyectamos…

En la acción misma de la representación teatral, el actor se ve abocado necesariamente a trabajar simultáneamente la atención a todas las realidades y, en algunos aspectos, desdoblándose, ya que en el escenario conviven las realidades del actor y del personaje. Además, existen las otras realidades, las de los otros actores y personajes.

El escenario, situado en la realidad y la ficción a la vez, alienta a conseguir un alto nivel de atención y conciencia y, dada su inmediatez, a situarse en el aquí y el ahora.

En nuestras sesiones de trabajo movilizamos, mediante dinámicas expresivas, el contacto con la experiencia interna y externa, de manera que entremos en contacto con las diversas partes de nosotros mismos y tomemos amplia conciencia de cómo estamos, qué nos provoca una situación, qué nos hace sentir el otro… y responsabilizarnos de ello.

Los participantes en nuestros talleres suelen sorprenderse de todo lo que podemos llegar a entender sobre nosotros mismos, sobre los demás, sobre nuestra relación con el otro, ejercitando esta atención consciente ya que, sólo con el hecho de vivenciarla empieza a instalarse como parte de nuestra manera de vivir y produce cambios en nosotros que nos van permitiendo poco a poco ser, más en contacto con la experiencia real que sólo encontramos en el aquí y ahora.

El espacio que se crea en las sesiones de trabajo, ofrece respeto y seguridad emocional a todos los participantes, ayudándolos a estar alerta de la propia experiencia y conseguir una mayor fluidez en su relación con sí mismos y con los demás, identificando dificultades, bloqueos y, también, dónde fluimos con naturalidad.

Ya sea en grupo, en parejas o de forma individual, trabajamos la experiencia de cada participante que, a menudo, encontrará un fiel reflejo de lo que puede sucederle en la propia vida con la diferencia de que el espacio de trabajo, permite ir más allá de lo que a veces nos permite nuestro cotidiano, permitiéndonos atender a los que está sucediendo, a lo que nos está sucediendo, a reconocer como nos posicionamos frente a lo que sucede y frente a las otras personas, a responsabilizarnos de nuestras acciones y a explorar sin presiones aspectos propios, miedos y los propios vínculos que establecemos con el otro.