La creatividad: del escenario a la vida

En los últimos años estamos oyendo hablar mucho de la creatividad, una cualidad o proceso que tradicionalmente se ha relacionado con entornos artísticos, pero que la sociedad en general parece que empezando a ponerla en valor. La creatividad puede desarrollarse en cualquier faceta de nuestra vida, no sólo en la expresión artística ya que se trata más de un enfoque que de un don con el que algunas personas han sido agraciadas.

En gran parte, es el pensamiento creativo el responsable del desarrollo humano a nivel tecnológico, aunque empieza a tenerse en cuenta también su importancia en el desarrollo personal. La creatividad es también conocida como pensamiento divergente, una expresión muy adecuada, ya que hablamos de ese pensamiento que se desvía de las pautas conocidas y va más allá de lo obvio para generar un punto de vista nuevo a partir de aquello que ya nos es conocido.

Pero ¿por qué no somos todos igual de creativos? La educación que recibimos es fundamental en todos los aspectos de nuestra vida y, en este, no es una excepción. En general, tanto en el entorno social como en el formativo, se nos alienta a tomar conocimientos y a reproducirlos tal y como los hemos adquirido, con el objetivo de estar bien integrados en nuestro entorno. Algunas personas, ya sea por desarrollarse en un entorno que estimula su pensamiento divergente, ya sea por su resiliencia dentro de entornos menos favorecidos, aplican la creatividad en muchas de las facetas de su vida.

Más allá del entorno, podemos desarrollar nuestro pensamiento creativo para que nos ayude a afrontar las situaciones de nuestra vida. Más relacionado con la imaginación que con la inteligencia, podemos expandir nuestro pensamiento divergente empezando por liberarnos progresivamente de los corsés que se nos han transmitido sobre cuál es la manera apropiada de resolver un problema o de hacer determinadas cosas.

En nuestros talleres los problemas que intentamos resolver son escenas teatrales, partiendo de unos personajes, de unas pocas premisas y con el espacio abierto a que pueda suceder cualquier cosa y, los corsés con los que llegamos, acostumbran a ser los prejuicios propios y la preocupación por lo que los demás piensen de nosotros.

El teatro nos permite trabajar simultáneamente la imaginación -considerada mucho más determinante del pensamiento creativo que la inteligencia- y liberarnos de las propias restricciones potenciando estos aspectos, entre otros, que colaboran en el desarrollo del pensamiento divergente:

Ganar confianza en uno mismo: el teatro relativiza el concepto que podamos tener de éxito y fracaso ya que no existe a priori una manera correcta de interpretar un personaje o desarrollar una escena improvisada en la que puede ocurrir cualquier cosa, encontrando a veces rutas poco usuales -y creativas- de resolver una situación.

Coraje: afrontar el miedo al qué dirán o pensarán de nosotros se consigue a través de la acción. Es después de actuar a pesar del temor que nos damos cuenta de que la valentía ya está en nosotros.

La curiosidad como fuente: el interés generalizado por cualquier tema nos aporta información diversa y distintos puntos de vista que, más adelante, pueden aparecer, planteando una ruta totalmente original, para resolver una situación.

La flexibilidad: la improvisación teatral nos ofrece una y otra vez la posibilidad de no desalentarnos porque las cosas no salgan como las habíamos planificado y adaptarnos a la situación tal y como se presenta ahora. Aceptar que las cosas pueden no salir como las habíamos proyectado, nos abre a vivir experiencias desde otra perspectiva y a encontrar, desde nosotros mismos, procedimientos distintos a los que solemos utilizar.

Escuchar nuestra intuición: en el escenario, cuando improvisamos, no tenemos tiempo de confeccionar un guión y planificar aquello que diremos o haremos. Si nos dejamos en manos de nuestra intuición y partiendo de una mínima definición de personajes y escena, observaremos como fluye la palabra y la acción, llegando a sorprendernos el resultado a nosotros mismos.

Perseverancia: el empeño por lograr lo que nos hemos propuesto, adecuándonos a nuevas circunstancia e imprevistos, nos refuerza.

Si ponemos nuestra atención y nuestra conciencia en aquello que nos facilita deshacernos de nuestros propios obstáculos, conseguimos liberar progresivamente nuestra capacidad de pensamiento original y establecer nuevas soluciones frente a cualquier realidad de una manera adecuada a nosotros mismos, ya que cada uno de nosotros es único como ser humano y posee un potencial creativo que se puede desarrollar sin demasiado esfuerzo.

La sesión de teatro y Gestalt: darse cuenta

DSCF0163Una de los preceptos sobre los que se fundamenta el trabajo en terapia Gestalt es darse cuenta, sin que nuestra conciencia esté en el aquí y el ahora, registrando plenamente la experiencia mientras es vivida por nosotros, resulta muy difícil el cambio.

El teatro nos ofrece una oportunidad excelente para trabajar la toma de conciencia sobre nuestras propias realidades: la interior y la exterior. Por un lado, para percatarnos de nuestras sensaciones corporales, agradables y desagradables, tensiones, como es la respiración… Por otro, de toda la información sobre lo que nos rodea que nos llega a través de los sentidos y que solemos procesar de forma inconsciente.

Existe también un espacio intermedio entre lo interno y externo, en la que se sitúan las manifestaciones de tipo mental: lo que pensamos, imaginamos, proyectamos…

En la acción misma de la representación teatral, el actor se ve abocado necesariamente a trabajar simultáneamente la atención a todas las realidades y, en algunos aspectos, desdoblándose, ya que en el escenario conviven las realidades del actor y del personaje. Además, existen las otras realidades, las de los otros actores y personajes.

El escenario, situado en la realidad y la ficción a la vez, alienta a conseguir un alto nivel de atención y conciencia y, dada su inmediatez, a situarse en el aquí y el ahora.

En nuestras sesiones de trabajo movilizamos, mediante dinámicas expresivas, el contacto con la experiencia interna y externa, de manera que entremos en contacto con las diversas partes de nosotros mismos y tomemos amplia conciencia de cómo estamos, qué nos provoca una situación, qué nos hace sentir el otro… y responsabilizarnos de ello.

Los participantes en nuestros talleres suelen sorprenderse de todo lo que podemos llegar a entender sobre nosotros mismos, sobre los demás, sobre nuestra relación con el otro, ejercitando esta atención consciente ya que, sólo con el hecho de vivenciarla empieza a instalarse como parte de nuestra manera de vivir y produce cambios en nosotros que nos van permitiendo poco a poco ser, más en contacto con la experiencia real que sólo encontramos en el aquí y ahora.

El espacio que se crea en las sesiones de trabajo, ofrece respeto y seguridad emocional a todos los participantes, ayudándolos a estar alerta de la propia experiencia y conseguir una mayor fluidez en su relación con sí mismos y con los demás, identificando dificultades, bloqueos y, también, dónde fluimos con naturalidad.

Ya sea en grupo, en parejas o de forma individual, trabajamos la experiencia de cada participante que, a menudo, encontrará un fiel reflejo de lo que puede sucederle en la propia vida con la diferencia de que el espacio de trabajo, permite ir más allá de lo que a veces nos permite nuestro cotidiano, permitiéndonos atender a los que está sucediendo, a lo que nos está sucediendo, a reconocer como nos posicionamos frente a lo que sucede y frente a las otras personas, a responsabilizarnos de nuestras acciones y a explorar sin presiones aspectos propios, miedos y los propios vínculos que establecemos con el otro.

La escucha en el escenario

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Cuando hablamos de escucha en el trabajo teatral hacemos referencia a algo que va más allá de la percepción sensorial y de la atención y que es fundamental en el trabajo del actor tanto en la improvisación como en el teatro de texto.

En nuestros talleres y clases nos aproximamos a la experiencia teatral sobre todo a través de la improvisación, una de las técnicas más sencillas y ricas de las que disponemos para profundizar en la interpretación y en la búsqueda de sus efectos terapéuticos, y que consideramos imprescindible para entrenar la escucha.

Lo que hace que el público se interne en la historia que está viendo sobre el escenario es que sea creíble y -cómo demostró en su momento el teatro pobre, por ejemplo- la veracidad no la aportan elementos escenográficos, sino la interpretación de los actores. Ellos y el público, son lo único realmente imprescindible en una representación teatral.

En nuestro cotidiano advertimos con desagrado la impostura y, sobre el amplificador que es el escenario, el actor que en lugar de “hacer”, “hace como si” saca de inmediato al espectador de la ilusión de realidad. Los ejercicios de improvisación nos obligan a estar atentos, ya que no podemos anticiparnos a lo que sucederá al no disponer de antemano del argumento: no sabemos qué ocurrirá, qué dirá el otro, cómo reaccionará, qué hará. Y, aún más importante, no sabemos cómo reaccionará nuestro personaje.

En realidad, esa es la clave para que la interpretación resulte creíble para el espectador y que perciba que lo que está viendo ocurre por primera vez.

La escucha teatral es un estado de receptividad que nos permite situarnos en la realidad del personaje y su entorno, prestar atención a lo que ocurre en cada instante y permite reaccionar de forma espontánea a aquello que sucede tanto externa como internamente. No es el actor el receptor, el que presta atención, el que aplica sus filtros subjetivos a lo que está pasando y el que reacciona en función de todo ello, sino el personaje que crea el actor en ese mismo momento y que se ve conmocionado –o no…- por el otro.

Solo hay una manera de conseguir ésta disposición en el escenario y es la práctica y, la improvisación, al generar infinitas e imprevistas situaciones, es el espacio perfecto para situarnos en el aquí y el ahora. Cuando estamos conscientes y presentes reaccionamos naturalmente a los sucesos, tal y como nos pasa a cada momento en nuestra vida cotidiana, lo que hace al personaje transparente para el público que puede adivinar en su reacción cómo es, le da pistas o muestra claramente lo que le interesa y desea, sus objetivos, sus emociones y sus contradicciones…

La escucha tiene más que ver con poner la atención fuera de nosotros, más que con uno mismo, de permitirse recibir y reaccionar, como un instrumento de percusión que resuena y vibra de una manera singular, a un impacto también único. El resultado es orgánico, es decir, surge con naturalidad de la realidad existente en el escenario, las reacciones y las relaciones fluyen retroalimentándose, y surge la verdad escénica frente a los ojos de los espectadores.

La escucha es ver realmente al otro, más allá de la propias fantasías o expectativas y, cuando lo vemos, lo escuchamos, tomamos contacto, lo propio se despliega. Si, en cambio, solo buscamos en nuestro interior, podemos quedar aislados de lo que de verdad está sucediendo en el encuentro, lo que impide que surja la magia del teatro y la ficción se haga realidad.

Improvisar es practicar la aceptación

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La improvisación teatral es una técnica libre por definición. Una de las formas en que se  acostumbra hacer es plantear, de manera esquemática, una situación para desarrollar en el escenario, definiendo a penas los personajes, el lugar dónde se desarrolla la escena y el conflicto. A partir de ahí, todo lo que ocurre se va creando y generando sobre la marcha, construyendo y viviendo cada momento a partir de lo que ya se ha dicho o hecho, y sobre las demostraciones emocionales de cada personaje.

Una de las pocas reglas -si es que puede definirse como tal- con la que se trabaja es muy sencilla, pero fundamental y no tan fácil de seguir como puede parecer a priori. Se trata de “no decir nunca que no”, no negarse a las propuestas lanzadas por nuestros compañeros de escena, no bloquear el desarrollo de la improvisación.

Aquello que plantea un personaje a otro debe tomarse e integrarse de un modo u otro en el desarrollo de la escena. Por ejemplo, si un personaje dice que en quince minutos van a cerrar el bar en el que se encuentran, el otro tiene que reaccionar a esa verdad. Integrar no necesariamente significa someter a nuestro personaje a todas las propuestas del otro, pero si tiene que contradecir es necesario que sea con una propuesta válida desde la situación y el personaje.

Esta sencilla norma es muy importante a nivel teatral ya que permite que el argumento se desarrolle de forma plenamente espontánea. Cuando improvisamos tendemos a idear individualmente una historia que nos lleva a un final que posiblemente imaginamos. Cuando este hilo argumental propio se rompe por la propuesta del otro y la integramos, estamos aportando realismo a la escena, hacemos crecer en complejidad lo que ocurre y, especialmente, lo que le pasa a los personajes.

Los actores tienen que estar en disposición de dejarse influenciar por la situación y los demás personajes, como ocurre en la propia vida: aunque hayamos dado mil vueltas a cómo va a desarrollarse una situación en el momento en que ésta se da, nuestras previsiones de poco habrán servido. Fuera del escenario reaccionamos y nos adaptamos a cada instante al curso de los acontecimientos, tal y cómo nos sentimos en ese momento e influidos también por el contexto en el que nos encontramos.

Por otro lado, el tomar la realidad tal y como se presenta nos exige tener la mente en el aquí y el ahora, lo que a su vez es imprescindible para vivir con consciencia y poder darnos cuenta de aquello que se moviliza en nosotros. Podríamos decir que la consigna de “no poder decir que no” en la improvisación es una incitación a aceptar.

En primer lugar es una oportunidad para aceptar lo que viene del otro: su discurso, sus emociones y observar qué efecto tiene en nosotros, así como permitirnos una reacción franca a lo que ocurre. Aceptar no quiere decir tener que soportarlo o resignarnos, sino ver que él otro es así, o siente de esa manera o piensa como piensa y a partir de esa aceptación podemos decidir que hacer.

Por otro lado nos induce a aceptar la experiencia, sea como sea ésta, a percatarnos de lo real, que es lo que ocurre en éste lugar y en éste momento. Tanto si es una experiencia agradable o desagradable, aceptarla es la manera de poder observarla como tal, comprenderla y poder actuar.

La improvisación teatral, como hemos comentado en otros post, es una magnífica herramienta de expresión, experimentación, observación e integración y, además es un recurso infinito, tanto como lo son la imaginación o la creatividad.

Nos pasamos el día improvisando, somos creativos porque la vida cambia momento a momento, tal vez lo que nos cuesta más es aceptar… Por eso más allá de los credos, a menudo nos viene bien recordar esta frase muy conocida y atribuida a diversos teólogos:

“Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas que puedo cambiar y la sabiduría para conocer la diferencia; viviendo un día a la vez, disfrutando un momento a la vez…”

La vulnerabilidad del actor como manifestación artística

“La nuestra es una vía negativa, no una colección de técnicas, sino la de la destrucción de obstáculos”
Jerzy Grotowski Hacia un teatro pobre

El actor no es un comunicador al uso, si bien parte de su tarea es comunicación en estado puro, hay algo también en ella que trasciende el simple y efectivo envío de información. Por ello en muchas obras de historia, metodología o antropología teatral por ejemplo, se habla del aspecto sagrado del teatro. Sin entrar en profundidad en este aspecto tan fascinante, el aspecto sagrado del teatro se refiere a grosso modo a la comunión (vs. comunicación) que este arte escénico es capaz de construir entre el actor y el público.

El actor es un ser humano como cualquier otro, llamado a compartir las vidas de personajes ficticios mediante la personificación, es decir, tomar las palabras y acciones que el dramaturgo imaginó y construir con ello una nueva y única vida. Durante siglos han surgido distintas propuestas y perspectivas sobre lo que el trabajo del actor debe de ser para cumplir con este fin.

El teatro como oportunidad se plantea desde la premisa de que la persona convertida en actor para la ocasión -tenga o no tenga experiencia, sea profesional, amateur, un buscador o un curioso- posee ya todo lo necesario para construir un personaje de forma creíble y auténtica y, si algo le impide que así sea, no es su falta de técnica o fórmulas preestablecidas que casi siempre acaban acercando más al resultado al cliché que a la verdad.

Nuestro planteamiento es justo el contrario, el negativo como lo llama Grotowski, es desprender, derribar, dejar caer. Nuestros talleres no se orientan a enseñar a los participantes alguna cosa sino a eliminar las resistencias que nuestros organismos (entendidos siempre como un todo) oponen a los procesos internos. Al ir eliminando estas resistencias, logramos la aceptación de nuestra intimidad y desarrollamos la capacidad de mostrarla y compartirla, lo que provoca una conmoción en el espectador, por que en la desnudez del actor, en su exposición honesta, puede ver su proyectada su propia máscara, es capaz de elaborar una nueva percepción de su propia verdad.

La interpretación teatral no se enseña

Así pues no orientamos el trabajo como la transmisión de conocimiento al actor, todo lo contrario, el conocimiento se encuentra en él, en su propia condición humana, y son todas las construcciones que hacemos sobre nosotros mismos que nos ponen difícil situarnos en el estado de vulnerabilidad necesario para transmitir lo auténtico de la condición humana y generar comunión con otros seres humanos.

La vulnerabilidad está considerada, por desgracia, una debilidad, pero no lo es en absoluto: se trata más bien de ponerse en situación de accesibilidad con los demás y con nosotros mismos, desde una posición de autoconocimiento y madurez. Cuando bajamos la guardia que permanente tenemos alzada, el resultado no es una sucesión de ataques por parte de quienes nos rodean, al contrario, encontramos más empatía, comprensión y autenticidad.

El actor que se entrega y consigue crear magia en el escenario, es aquel que ha derribado los obstáculos para revelarse a sí mismo, lo que le permite revelar cualquier personaje, ya que expone la parte más íntima y universal de su persona –la que ha trabajado para apartar o derrotar sus propios bloqueos- y la comparte, y el público recibe esta capacidad de mirar hacia dentro, consiguiendo una aceptación del ser humano: del que se encuentra en el escenario, del que se sienta en platea o del que el dramaturgo imaginó y plasmó en el texto.