La responsabilidad y la presencia en escena

La presencia en el escenario es fundamental para el actor y está íntimamente relacionada con la responsabilidad de la que nos habla la Gestalt. En este post os explicamos por qué la responsabilidad es fundamental para nuestro desarrollo personal y el de nuestra presencia en escena.

La responsabilidad requiere de un estadio previo anterior que podemos describir como “darse cuenta”, es decir, tomar consciencia de lo que está pasando porque, aunque nos cueste de creer, a menudo no conseguimos apercibir con nitidez lo que nos ocurre a nivel interno y externo, tanto en lo que a pensamiento, emoción y sensación se refiere, como a todo aquello que exteriorizamos.

Cuando estamos conscientes, en el aquí y el ahora, captamos la existencia interna y externa tal y como se presenta y cuando conocemos esta realidad, podemos responsabilizarnos de nuestros impulsos, emociones y acciones, lo que implica identificarnos con ellas y aceptarlas como algo inherente a nosotros mismos.

El escenario es un campo de pruebas en el que podemos desarrollar el darnos cuenta y la responsabilidad. Nuestro personaje es como es, lo aceptamos y defendemos desde su verdad y su vivencia –que es la nuestra propia en el momento en que lo interpretamos-, en “tiempo real” y mediante la experiencia directa misma, lejos de nuestras reacciones involuntarias condicionadas por toda una vida y de la racionalización de todo lo que nos ocurre.

El escenario nos demanda, especialmente en los ejercicios de improvisación,  actuar según las circunstancias externas e internas que se dan en un determinado momento entre los personajes y sus circunstancias.

El personaje nos pide que nos rindamos a él, que no luchemos contra lo que siente o lo que quiere, sino que le demos voz y presencia a todo ello lo que implica, responsabilizarnos de quién es y como actúa. No podemos desechar aquello que “no nos interesa” del personaje igual que no podemos abandonar quiénes somos.

Lo que ocurre en el escenario, es pues, responsabilidad de los personajes y, para que la escena o la obra avance, tiene que hacerlo desde el “yo soy”. En definitiva, se trata de vivir lo que nos toca vivir desde quienes somos.

Esto nos confiere presencia en el escenario: nuestro personaje está atento a lo que ocurre y como ocurre, a nivel interno y externo y no reniega de ello, no se esconde, lo vive con todas las consecuencias, dispuestos a vivir experiencias maravillosas que nos acerquen a nuestros objetivos, pero también sabedores de que la frustración y el fracaso son parte de la existencia.

El personaje se convierte en un traje orgánico en el que podemos experimentar la toma conciencia y la responsabilidad mientras que el escenario nos exige ser en el aquí y el ahora, es decir la presencia.

No tenemos otro remedio que aceptar aquello que se deriva de la situación, aquello que surge de la relación interpersonal con los demás personajes y aquello que mana en nosotros mismos, desde el personaje. Nos responsabilizamos entonces, asumiendo aquello que nos ocurre, agradable y desagradable, como reflejo de nosotros mismos. Y cuando nos responsabilizamos, en el aquí y el ahora, simplemente estamos presentes a nuestros propios ojos y a los de los demás, para servir a la escena y a la vida.

Respirar el escenario

La respiración es una función automatizada de nuestro organismo a la que, raramente, prestamos atención. Es un aspecto caudal en la interpretación teatral y no puede disociarse del trabajo de la voz y la dicción. Pero la respiración no solo está relacionada con la fonación, la práctica de cualquier ejercicio físico requiere de la toma de conciencia de la propia respiración y aprender a regularla para conseguir un mejor desempeño.

Observar la respiración no sólo nos permite ser atender a ella, sino que además podemos percibir los estados internos que, de forma inconsciente, en ella se reflejan. La respiración es una función básica del cuerpo que facilita todas las demás, pero también es un elemento de comunicación no verbal. Como receptores, captamos las sutilezas sobre el estado del otro en la manera en que respira, en su agitación o su calma…

En El teatro como oportunidad buscamos, entre otras cosas, el bienestar personal a través de la acción colectiva de representar la realidad. Una realidad ficticia, que se crea sobre la marcha, como la vida misma. Para que el teatro nos sirva de herramienta para alcanzar el bienestar o el automejoramiento que nos proponemos, tenemos que entregarnos a vivir la realidad.

Cuando planteamos una escena, los personajes se topan con una situación que deben resolver en coherencia con quiénes son y con lo que necesitan y desean. El grupo, actúa de público, nos sirve de espejo y nos devuelve de forma explícita lo que ha pensado y sentido frente a la realidad representada.

Por otro lado, nosotros mismos observamos lo que ha ocurrido tanto a nivel interno como externo. Podemos entonces contrastar lo percibido por el grupo, nuestro público, y nuestra experiencia. A menudo, nos damos cuenta de que lo que hemos expresado no es igual a lo que hemos vivido ya que nuestro lenguaje no verbal transmite una información distinta de la que ofrecen nuestras palabras. Y nada de esto pasa desapercibido al espectador.

En la respiración encontraremos reflejadas estas divergencias ya que, si bien puede entrenarse para que sea globalmente más eficiente y aprovechar toda nuestra capacidad respiratoria, liberándola de malos hábitos y bloqueos, plasma de forma natural nuestro estado emocional.

La respiración responde a nuestras necesidades, se adapta a lo que hacemos y lo que sentimos: si tenemos que correr, se acelera; cuando descansamos se sosiega. El escenario acota lo que ocurre en una escena, por la que nos es más sencillo hacer un recorrido de lo que ha sucedido, que por el fluir de nuestra vida. Así podremos ver gracias a lo que nos señalan los demás y nuestra propia observación, cuando aparecen los bloqueos de la respiración, cuando usamos sólo la parte superior de los pulmones y cuando sacamos partido a toda nuestra capacidad (respiración de diafragma, profunda o completa).

Nos es ahora sencillo, poniendo la atención en nosotros y gracias a las observaciones sin juicio del grupo, advertir cuando cambia nuestra respiración y poder relacionarlo con lo ocurrido en escena por la aparición de un personaje, un giro en la situación… nos permite darnos cuenta de cómo y cuánto nos afectan sin que seamos conscientes de ello y, a partir de ahí, trabajar conforme a nuestras necesidades.

La respiración es una función vital que podemos hacer más consciente, cuando aprendemos a explorarla y a registrar los cambios que se producen en ella, llevando nuestra atención voluntariamente a la observación de la respiración. Y podemos utilizar esta práctica para dirigirla a favor de nuestro bienestar, en el escenario o en determinadas situaciones de la misma.

 

 

 

La creatividad: del escenario a la vida

En los últimos años estamos oyendo hablar mucho de la creatividad, una cualidad o proceso que tradicionalmente se ha relacionado con entornos artísticos, pero que la sociedad en general parece que empezando a ponerla en valor. La creatividad puede desarrollarse en cualquier faceta de nuestra vida, no sólo en la expresión artística ya que se trata más de un enfoque que de un don con el que algunas personas han sido agraciadas.

En gran parte, es el pensamiento creativo el responsable del desarrollo humano a nivel tecnológico, aunque empieza a tenerse en cuenta también su importancia en el desarrollo personal. La creatividad es también conocida como pensamiento divergente, una expresión muy adecuada, ya que hablamos de ese pensamiento que se desvía de las pautas conocidas y va más allá de lo obvio para generar un punto de vista nuevo a partir de aquello que ya nos es conocido.

Pero ¿por qué no somos todos igual de creativos? La educación que recibimos es fundamental en todos los aspectos de nuestra vida y, en este, no es una excepción. En general, tanto en el entorno social como en el formativo, se nos alienta a tomar conocimientos y a reproducirlos tal y como los hemos adquirido, con el objetivo de estar bien integrados en nuestro entorno. Algunas personas, ya sea por desarrollarse en un entorno que estimula su pensamiento divergente, ya sea por su resiliencia dentro de entornos menos favorecidos, aplican la creatividad en muchas de las facetas de su vida.

Más allá del entorno, podemos desarrollar nuestro pensamiento creativo para que nos ayude a afrontar las situaciones de nuestra vida. Más relacionado con la imaginación que con la inteligencia, podemos expandir nuestro pensamiento divergente empezando por liberarnos progresivamente de los corsés que se nos han transmitido sobre cuál es la manera apropiada de resolver un problema o de hacer determinadas cosas.

En nuestros talleres los problemas que intentamos resolver son escenas teatrales, partiendo de unos personajes, de unas pocas premisas y con el espacio abierto a que pueda suceder cualquier cosa y, los corsés con los que llegamos, acostumbran a ser los prejuicios propios y la preocupación por lo que los demás piensen de nosotros.

El teatro nos permite trabajar simultáneamente la imaginación -considerada mucho más determinante del pensamiento creativo que la inteligencia- y liberarnos de las propias restricciones potenciando estos aspectos, entre otros, que colaboran en el desarrollo del pensamiento divergente:

Ganar confianza en uno mismo: el teatro relativiza el concepto que podamos tener de éxito y fracaso ya que no existe a priori una manera correcta de interpretar un personaje o desarrollar una escena improvisada en la que puede ocurrir cualquier cosa, encontrando a veces rutas poco usuales -y creativas- de resolver una situación.

Coraje: afrontar el miedo al qué dirán o pensarán de nosotros se consigue a través de la acción. Es después de actuar a pesar del temor que nos damos cuenta de que la valentía ya está en nosotros.

La curiosidad como fuente: el interés generalizado por cualquier tema nos aporta información diversa y distintos puntos de vista que, más adelante, pueden aparecer, planteando una ruta totalmente original, para resolver una situación.

La flexibilidad: la improvisación teatral nos ofrece una y otra vez la posibilidad de no desalentarnos porque las cosas no salgan como las habíamos planificado y adaptarnos a la situación tal y como se presenta ahora. Aceptar que las cosas pueden no salir como las habíamos proyectado, nos abre a vivir experiencias desde otra perspectiva y a encontrar, desde nosotros mismos, procedimientos distintos a los que solemos utilizar.

Escuchar nuestra intuición: en el escenario, cuando improvisamos, no tenemos tiempo de confeccionar un guión y planificar aquello que diremos o haremos. Si nos dejamos en manos de nuestra intuición y partiendo de una mínima definición de personajes y escena, observaremos como fluye la palabra y la acción, llegando a sorprendernos el resultado a nosotros mismos.

Perseverancia: el empeño por lograr lo que nos hemos propuesto, adecuándonos a nuevas circunstancia e imprevistos, nos refuerza.

Si ponemos nuestra atención y nuestra conciencia en aquello que nos facilita deshacernos de nuestros propios obstáculos, conseguimos liberar progresivamente nuestra capacidad de pensamiento original y establecer nuevas soluciones frente a cualquier realidad de una manera adecuada a nosotros mismos, ya que cada uno de nosotros es único como ser humano y posee un potencial creativo que se puede desarrollar sin demasiado esfuerzo.

Autodescubrimiento a través del teatro

Por Gleva Bernet, secretaria de dirección

Al iniciar el trabajo de las emociones básicas –alegría, tristeza, miedo y rabia- creía que me resultaría muy fácil poner atención y conciencia en ellas y conocer perfectamente mi estado emocional, que sería sencillo llegar al fondo de ello.

Recuerdo el taller de clown… todo parecía fluir y podía reconocer con facilidad mis emociones e incluso representarlas a través de mi clown. Tengo soltura para expresar, parecía muy contenta con la tarea, incluso entusiasta: el personaje creía que sería su momento de gloria, en el que exhibir habilidades y encantos, confiada y tranquila.

Y yo, tras mi clown me sentía alerta, segura y feliz, más que eso, estaba eufórica, con muchas ganas de dejarlo entrar en acción. La alegría muestra mi niña interior y me hace sentir libertad y plenitud.

Por otro lado, a veces notaba esta alegría amenazada… y surgía la ira, una emoción que me hace sentir poderosa pero que me daña y percibo que mi energía se desvanece.

A lo largo del taller fui dándome cuenta de que evitaba conectarme con la tristeza y el miedo, encantaba como estaba con la alegría que sentía. A través de las dinámicas me fui dando cuenta de cómo ésta encubría lo que sentía realmente y me impedía percibir la realidad en mi cuerpo. Fue durante una dinámica en la que una compañera hacía de espejo de mis movimientos que me di cuenta de lo rígido, frío y duro que éste se encontraba.

Fue entonces cuando empecé a tomar conciencia de que, en realidad, mi cuerpo estaba poniendo barreras y distancia y que, en mi pretensión de mostrar la alegría que sentía, sólo conseguía hacer una caricatura… Fue haciéndose evidente el desajuste que existía entre mi mente, mi cuerpo y mis emociones y que escucharlos me era mucho más difícil de lo que yo pensaba.

Me impresionó darme cuenta de cómo mi cuerpo se protegía y ponía límites en lugar de manifestar la alegría que sentía, pero no fue hasta un tiempo después del curso que conseguí responsabilizarme de ello. Fue cuando me propuse escribir sobre el taller que me di cuenta de que no era tanta mi alegría, que la había sobredimensionado, quizás, porque era lo que deseaba sentir.

Con el tiempo y la distancia todo de lo que me había dado cuenta fue calando en mí lentamente. La euforia se ha ido transformando en una sosegada alegría, en una sonrisa. Me he dado cuenta que tomar conciencia de lo que sentimos y del estado de nuestro cuerpo en relación a las emociones, no es tan sencillo como pensaba y que soy menos consciente de lo que ocurre en mí, de lo que creía. Pero no me castigo: me ayuda a sentir que sigo aprendiendo, que cuido de mí misma.

He pasado de creer que contralaba mis emociones a darme cuenta de cómo bloqueaba mi cuerpo para hacerlo -sobre todo para reprimir la tristeza- y como éste me delataba. No contaba con la sinceridad del cuerpo en todo momento. Me ha sorprendido mi dificultad pese a mis esfuerzos, para poner conciencia en el cuerpo y en la respiración y tengo la sensación de que el proceso de darme cuenta no ha hecho más que empezar.

En el fondo, se trata de permanecer atenta a lo que ocurre en el cuerpo, y observar entonces la emociones y los pensamientos, y viceversa, e intentar captar cómo se relacionan.

Para conseguirlo ahora sé que debo permitirme sentir cualquier emoción, transitarlas, con la ayuda de lo que mi cuerpo expresa, observando la relación Cuerpo-Mente-Emociones a diario.

Sólo me queda dar las gracias a Isabel y a Laura, por compartir todo aquello que saben y acompañarme en mi trayecto de autodescubrimiento a través del teatro.

La voz más allá de la palabra

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Si los ojos son el espejo del alma podríamos decir que la voz nos muestra el estado en que el alma se encuentra. Hay muchas profesiones en las que sería recomendable poner atención y conciencia en el uso de la voz y, en el caso de la interpretación teatral, se trata de un trabajo imprescindible para los actores.

La voz, lejos de ser un elemento más de nuestra gestualidad, tiene una relevancia especial ya no sólo es el principal instrumento de comunicación sino también de expresión, así como una característica personal bien reconocible para los demás. Su complejidad va más allá, ya que se encuentra íntimamente ligada con la respiración y con el resto del cuerpo. Nuestra respiración refleja tanto nuestra actividad física como nuestros estados internos y, por tanto, condiciona aquello que revela nuestra voz.

Más allá pues de lo que decimos con las palabras, la voz transmite sin que nos demos cuenta, mucho más que éstas a nuestros interlocutores: si estamos nerviosos, enfadados, alegres, tensos… tanto la respiración como la voz son muy difíciles de falsear, con lo que a menudo transmitimos mucha más información de la que creemos cuando nos comunicamos.

La voz es intermediaria entre nosotros y el otro e influye en la naturaleza del mensaje, aportándole matices que pueden condicionar la relación. De forma inconsciente nuestra voz va adquiriendo ciertos rasgos a lo largo de la vida, ya sea por influencia cultural o familiar, como para resolver alguna circunstancia personal: queremos pasar desapercibidos, hacernos notar, demostrar seguridad o autoridad…

En general lo que percibimos en la voz del otro forma parte de aquello intuitivo y no tanto de lo racional, tal y como pasa con los gestos también. La voz y sus aspectos no verbales cambia según nuestra actitud, nuestra predisposición, en definitiva, cambia según nuestra presencia. En el escenario, que amplifica en cierto modo estos aspectos no verbales, es muy significativo los cambios que pueden observarse según el nivel de tensión o relajación, la emoción que se está atravesando, el discurso interno de quien actúa…

Muchas personas tienen algún tipo de dificultad con su voz o bien tienen molestias en el aparato fonador o sufren algún bloqueo. En nuestro trabajo de El Teatro Como Oportunidad, especialmente en el taller de voz, ponemos la atención en lo que la voz de cada alumno nos transmite y en los posibles bloqueos. Observando los aspectos no verbales del habla como el ritmo, el tono, sonidos que emitimos, el volumen…

Observamos cada voz tal y como se manifiesta, ya que no existe “correcto” o “incorrecto”, no hay un objetivo al que se deba llegar, ponemos la atención en lo que ES aquí y ahora, en lo que nos transmite la voz sobre la persona, sobre la situación y sobre como se dirige al público y a al otro.

En el aquí y ahora podremos aprehender todos los matices que se hallan en la voz y en su uso, y tomar conciencia de cómo es nuestra experiencia -así como comprender algo más de la experiencia del otro-, un paso más hacia la transformación y la posibilidad de vivir desde la conciencia.