¿QUÉ ME APORTAN LAS EMOCIONES?

Por Paula Fernandes

Actriz, ex-alumna y actual colaboradora en El teatro como oportunidad

Las cuatro emociones en las que hemos profundizado en este proceso son: el miedo, la rabia, la alegría y la tristeza, son conocidas como básicas porque son comunes a todas las personas, de cualquier época y cultura, y desempeñan un papel fundamental en el desarrollo psíquico del ser humano. Nuestras emociones nos conectan con nuestras necesidades diarias cuando se hacen conscientes y les damos un espacio para después dejarlas ir.

La secuencia sería: ver, reconocer, observar, integrar, dejar ir. No obstante, tendemos a quedarnos en lo mental, en juzgar el por qué me siento como me siento. Para salir del bucle mental, es importante atender a las sensaciones, a la conexión con nuestro cuerpo: ¿Dónde se aloja esta emoción? ¿En el pecho? ¿En el estómago?.

Una vez que tenemos consciencia de la emoción, lo importante es darle espacio, permitir su expresión sin juzgarla como buena ni mala. Las emociones no son ni buenas ni malas, aceptando que pueden ser agradables o no.

Somos responsables de cómo vivimos y dejamos vivir nuestras emociones: puedo decidir escucharlas y darles su espacio o no, puedo intentar disimularlas o reaccionar sin consciencia y ser embargada por ellas.

Aceptarme tal como soy significa también ser sincera con lo que estoy sintiendo, dejando a un lado juicios y “deberías”.

 

La aportación del miedo

El miedo es como una alerta que me protege de hacer o recibir daño. El miedo me enseña a ser prudente cuando lo atiendo. Durante este proceso he sentido miedo. Algunas veces he sido consciente de ello otras, me ha arrollado, como si yo fuera lo que estaba sintiendo. ¿Miedo a qué? A no hacerlo bien, miedo de no ser querida y aceptada, miedo de hacer el ridículo, miedo, miedo… Sentía el cuerpo pequeño, atrapado, las manos sudadas, la voz muda y el perro de arriba: “no puedes, no lo haces bien, no eres especial, nadie te ve…”.

Recuerdo por ejemplo que, cuando salía con mi grupo a improvisar, solo podía pensar en lo mal que lo iba hacer y en que no estaría a la altura de los demás, porque no soy ni lista ni rápida en contestar… y aunque me daba cuenta de mis pensamientos, no los podía parar. Respiraba profunda y lentamente y sentía todo mi cuerpo temblar de la explosión de adrenalina, posterior a la tensión de salir a escena. El miedo me crea un estado de alerta que se relaja cuando veo que el otro lo puede hacer a pesar de su propio miedo, antes podía ocurrir que sintiera celos o envidia porque, según mi juicio, el otro hacía las cosas mucho mejor que yo. Durante el trabajo, a veces sentía un pequeño regocijo cuando al otro las cosas no le salían como esperaba, lo que me daba mucha vergüenza y hacía que me viera como un monstruo. Supongo que en esos casos de alguna manera me sentía con poder sobre el otro, tan poca era la seguridad y confianza que tenía en mi misma…

Sigo trabajando en darme cuenta de mi miedo, un miedo que me ha hace ser prudente a veces, por ejemplo, cuando cojo un coche, y otras es simplemente un viejo patrón de pensamiento que se va rompiendo poco a poco, dando lugar a una mayor confianza en mí misma y autenticidad en mis relaciones.

 

La aportación de la rabia

La rabia me enseña a poner límites o a romper con situaciones y patrones que no me sirven. Me costaba decir “no”, y me encontraba una y otra vez en las mismas situaciones porque, simplemente, me costaba mucho atender mis necesidades en primer lugar y me daba innumerables excusas para seguir aceptando lo que no quería. Personalmente, el miedo y rabia son dos emociones que van la mano, casi siempre aparecen juntas, aunque normalmente una me costaba más de reconocer que la otra. Renuncio a decir “no”, porque tengo miedo que dejen de quererme, que no me acepten. “Tengo que ser buena, alegre y disponible”. Pero después aparece la rabia por no haberme respetado y no haber atendido a mis necesidades. Y exploto y mis emociones mandan. Durante el trabajo teatral, he sentido rabia, frustración y ganas contenidas de gritar, cuando he dudado de mis capacidades, en los momentos que quería hablar y no me di permiso, en los momentos en que me cerré a causa del miedo, cuando quería abrirme. Así que ha sido de gran ayuda poder expresarme y con un gran impulso decirme: “¡sí que puedo!” y salir al escenario sin importarme si lo voy hacer bien o no. Y aprender a decir: no, cuando lo necesito.

 

La aportación de la tristeza

La tristeza es una emoción con la que me siento cómoda, me resulta confortable y familiar, me ayuda a conectar conmigo y con ello me siento más creativa. La tristeza es una fase indispensable en un proceso de duelo, de despedida, de separación o de pérdida. Las lágrimas pueden sanar muchas heridas y ayudar en el proceso de restructuración de uno mismo. La tristeza puede manifestarse también cuando estamos anclados en el pasado, en el “cómo fue”, sin aceptar el aquí y ahora. Así que, dejarme sentir la tristeza conscientemente es soltar (una persona, un trabajo, una situación) y aceptar esa realidad. Este proceso me ha ayudado a que me diera cuenta de que algunas veces utilizaba la tristeza para manipular a los demás, aunque me avergüence admitirlo. Me hacía más frágil, más niña, más inocente, más pequeñita a ojos de los demás, buscando sus cuidados y halagos: conozco bien el papel de víctima. Así que utilizaba mi tristeza tanto para atraer como para distanciar. La tristeza me sirve a veces de muro porque necesito recogerme, protegerme, encerrarme en mí misma, situarme donde me siento más segura.

A partir del trabajo teatral lo he podido observar también en mi día a día y puede que por eso ya no me sienta tan triste.

 

La aportación de la alegría

La alegría es cálida, se dirige al exterior, al otro. Nos proporciona ganas de compartir, de contactar y de conectar, siendo la responsable de la curiosidad que nos lleva a explorar el mundo, de la ternura que nos lleva al cariño y también al desarrollo saludable de la sexualidad. La alegría surge cuando estamos a gusto con nosotras mismas. La serenidad es el punto medio entre la euforia y el aislamiento y nos ayuda a gestionar la alegría y a crear vínculos seguros y sanos.

La alegría ha sido la emoción más presente en mi experiencia en el Teatro como Oportunidad. La alegría del grupo, las ganas de compartir y de conectar con el otro han sido tan grandes que, en cierta manera, me han inspirado y servido de espejo y catalizador de mi propia alegría. He disfrutado jugando con el otro, bailando, dando y recibiendo cariño. Aunque a veces empezaba con vergüenza y miedo, poco a poco me iba sintiendo a gusto, dejando de juzgarme y de creer que era juzgada por los demás. Me he sentido segura y sostenida por el grupo más que en el trabajo individual, ayudándome a desafiar mi inseguridad y mi miedo, sobretodo al principio, cuando mis vínculos aún eran débiles. La alegría del grupo ha conseguido que me sintiera a gusto conmigo misma, orgullosa de mis pasos al frente cuando sentía miedo y por el propio avance del grupo, alegrándome de los logros de mis compañeros.

Las emociones son una guía única, que me ubica en mi aquí y en mi ahora, que me informa de lo que me está sucediendo y, si las escucho y las abrazo durante el tiempo que me piden, estoy abriendo y ofreciendo un espacio a mi transformación.

El cuerpo: el recipiente de lo emocional

Por Pilar Berjaga alumna de 2do año

“Las emociones se viven, se expresan, pero en el sentido de que se muestran naturalmente, se dejan traslucir en el cuerpo.”

Maturana

Es importante comprender que las emociones no afloran gratuitamente, sino en relación a estímulos que nos son significativos, es decir, como reacción a algo importante para nosotros seamos o no conscientes de ello.

Es interesante observar como cada emoción nos conecta con un campo de acción distinto, podríamos decir que:

La alegría nos impulsa a compartir.

El enfado nos incita a eliminar o a alejar aquello que nos molesta.

La tristeza nos invita a la reflexión y a liberarnos de lo que nos hiere.

El miedo nos paraliza, nos predispone al ataque o a la huida.

Fritz Perl decía que las emociones son el motor básico de toda acción y que, por lo tanto, existen y aparecen en todas las situaciones vitales. Así pues, son aquello que activa a nuestro cuerpo.

Las emociones anteriores se suelen considerar básicas, porque preceden incluso a la consciencia de emoción, mientras que las secundarias serían aquellas derivadas de las básicas que aparecen cuando analizamos lo que sentimos. A menudo nos es difícil distinguir unas de otras lo que nos deja confusos. Pero tenemos un lienzo, nuestro propio cuerpo, que es muy difícil de manipular, en el que se plasma nuestro estado interno y en el que podemos observar sus características propias:

– Son reacciones que producen cambios temporales, como consecuencia de situaciones internas o externas

– Se suceden con rapidez, tienen una temporalidad corta

– Siempre nos encontramos en un estado emocional u otro, incluso cuando estamos en calma

– Son constitutivas del comportamiento humano

– Afectan el resultado de nuestras acciones, condicionan nuestros logros

– Todos tenemos un repertorio emocional propio

– Pueden ser coherentes o incoherentes con la situación en la que nos encontramos

El cuerpo, como recipiente de lo emocional, nos permite percibir nuestro mundo interior y contactar el mundo exterior. La expresión es una manera de unificar la impresión que causa lo externo en nuestra vivencia externa. Así pues, cuando ponemos la conciencia en el cuerpo somos capaces de cambiar la conducta corporal, lo que genera cambios en nosotros también a nivel mental y emocional.

La Gestalt habla de la integración de los tres aspectos que constituyen nuestro “yo”: cognición, emoción y cuerpo. Cuanto más ajustados estén estos tres aspectos de mejor es la calidad de nuestro contacto con el entorno y conseguimos un mayor grado de satisfacción con nuestras experiencias. Cuando vivenciamos el cuerpo, podemos comprender lo que éste expresa con sus movimientos y acciones y, en el teatro, los juegos y las escenas improvisadas nos exponen a constantes imprevistos, y nuestras vivencias se muestran con mucha claridad, sin tiempo para el ocultamiento.

El teatro, en su vertiente terapéutica, es precisamente expresión, el personaje está vacío si sólo recita, es en la expresión corporal dónde observamos la vida y las emociones del personaje y con lo que, como público, nos conectamos realmente.

Desde pequeños, en nuestra inocente intención de agradar a los demás y de encajar en nuestro entorno, vamos bloqueando la expresión de nuestras emociones que nos parece que nos impiden conseguirlo y es el cuerpo el que sufre mayor tensión en este proceso ya que está predispuesto de forma natural a mostrar nuestros estados internos. Cuando comprendemos esto entendemos la importancia de sensibilizar y liberar al cuerpo, obteniendo nuestro propio apoyo y herramientas para realizar el trabajo emocional que deseemos.

En mi experiencia personal, el teatro me ha permitido empezar a conocerme y reconocerme en mi tránsito emocional. Identificar mis emociones, vivirlas plenamente, disfrutarlas o sostenerlas, con el enorme apoyo que significa escuchar la “voz” de mi cuerpo y permitirme sentir a través de él, todo lo auténtico que surge de mi interior, aceptarlo y dejarlo fluir.

Las emociones básicas y el cuerpo

Por Laura Martuscelli, actriz

A lo largo de mi carrera como actriz he tenido la necesidad de poner mucho el foco en el cuerpo. Me era fácil saber si estaba tenso o si, por lo contrario, lo sentía flexible. Por el contrario, emociones como el miedo y la tristeza, era incapaz de reconocerlas corporalmente.

Gracias al trabajo realizado en la Formación, he podido ir dándome cuenta de mis diferentes formas de actuar, comportamientos automáticos que hacían que me fuera menos fácil captar las emociones en mi cuerpo.

A continuación, planteo las vivencias y cómo las he ido gestionando, en relación a las emociones básica y al cuerpo.

La alegría

Me considero alegre muchas veces, pero sentirlo en el cuerpo se me hace realmente complicado. En mí, la alegría auténtica se esconde debajo de la tristeza que no dejo salir. Noto como el cuerpo se va tensionando, sobre todo en la parte del estómago, en la zona más orgánica y en la parte muscular, en el diafragma. Observo que puedo llegar a sacar una alegría falsa, a veces hasta eufórica, presionando al cuerpo. Y la respuesta a este esfuerzo es el agotamiento.

La pregunta que surge es: ¿cómo llegar a lo mismo sin tener que agotarme?

Gracias a lo vivido en la formación me he dado cuenta de que en mí se trata de una cuestión de tempo, muchas veces no atiendo a mi propio tempo, a mi ritmo biológico. Con los ejercicios que hemos realizado en la Formación (por ejemplo reconocernos con los ojos cerrados, crear una escena en cámara lenta con música, bailar con nuestra “vida”…) he podido experimentar ese cambio de ritmo en mí desde el cuerpo y esto ha permitido que la tristeza pueda aflorar, para luego sin yo buscarlo ni imponerlo, sentirme con una abertura en el pecho, y sentir tranquilidad y distensión. Un sentir desde el bienestar corporal en el que hay silencio: hombros relajados y sobre todo, el estómago, la parte del diafragma, completamente laxo, sin dureza.

El enfado

Mi estado automático desde la mente, si no pongo consciencia de ello corporalmente es el del enfado.

En la formación me he dado cuenta que es eso a lo que mi cuerpo está acostumbrado, con la finalidad -como en el caso de la alegría- de no sentir su emoción “opuesta”, en este caso el miedo.

El ritmo que a mi cuerpo le he dado durante años es el staccato; pero mi cuerpo ya tiene suficiente de golpes bruscos, rigidez en el cuello y en los hombros, que quiere fluir y ser armonioso.  El teatro me ha ayudado a poder llevar a cabo esta tarea y, gracias a la Gestalt, he tomado consciencia de que hay otras formas de movimiento que conducen a mi mente a buscar otras maneras de reaccionar y estar en el mundo.

La respiración es muy importante también. Darme cuenta de que -como cuando hay un enfrentamiento o algo me causa miedo- mi reacción automática es el ataque, la defensa, mi respiración instantáneamente se corta y la retengo, mis hombros hacen un sobresfuerzo por sostenerme, mi cuello se tensiona y mi pecho se cierra.

El poder situarme en un ritmo más de escucha y un tempo más lento, me ayuda a poder sentir mi cuerpo con detenimiento y sin obviar sus sensaciones. Bajando al cuerpo, acallo mi mente y siento lo que para mí es real, lo que verdaderamente estoy viviendo.

La tristeza

La tristeza en mi cuerpo actúa de “Para y escucha” y por esta razón pocas veces mi mente quiere estar allí. Tengo que estar muy atenta a sus llamados para no escapar y desde lo corporal poder acogerlo.

Mi cuerpo es muy vital, tiene mucha fuerza y energía. La tristeza, cuando logro sentirla en mi cuerpo, está en mi corazón, en el pecho y se mezcla con el miedo a veces, en el estómago. Me lleva a parar y escuchar; respirar y dejarme en paz. Confiar que desde el no hacer y desde el silencio, simplemente estando y aflojando las tensiones. La tristeza surge cuando paro; cuando no hay ruido a mi alrededor y puedo sumergirme en mi cuerpo.

El sonido del piano, los movimientos lentos y presentes, el tacto con los ojos cerrados… permiten que la tristeza aparezca.

El miedo

Ante el miedo, desconfío: de quien se acerca, de quien habla, de lo que se me dice… Desconfío hasta de mí misma.

La desconfianza actúa en mí como un automatismo de defensa y noto el cuerpo como si estuviera insatisfecho. Lo tenso, corto la respiración y me preparo para el ataque y entonces me es imposible sentir nada corporalmente. Mi mente genera un proceso para no sentir. Mi rostro se endurece, mi rictus parece el de una mujer de más edad y entonces, bloqueado el cuerpo, se bloquea mi mente y entro en una especie de estado de shock, en el cual no hay posibilidad ni de fluidez corporal ni mental. Me enfado.

Para ser capaz de reconocer que lo que siento es miedo, necesito mover el cuerpo y despojarme del enfado. Necesito poner la atención en la respiración para percibir físicamente el miedo, escondido entre el estómago y el diafragma.

Conclusiones

Como artista me siento con la responsabilidad de escuchar mi cuerpo y cuánto más lo hago, más me doy cuenta del cómo estoy en cada momento. Es como una brújula que me guía en mis emociones.

Mi cuerpo me dice de muchas formas (enfermedades leves, dolores, contracturas…) que hay algo que puedo cambiar, que hay algo que necesito escuchar, o que simplemente necesito parar… o llorar.

Mi cuerpo es el altavoz de las emociones desde que he aprendido –y sigo haciéndolo- a escucharlo.