El cuerpo: el recipiente de lo emocional

Por Pilar Berjaga alumna de 2do año

“Las emociones se viven, se expresan, pero en el sentido de que se muestran naturalmente, se dejan traslucir en el cuerpo.”

Maturana

Es importante comprender que las emociones no afloran gratuitamente, sino en relación a estímulos que nos son significativos, es decir, como reacción a algo importante para nosotros seamos o no conscientes de ello.

Es interesante observar como cada emoción nos conecta con un campo de acción distinto, podríamos decir que:

La alegría nos impulsa a compartir.

El enfado nos incita a eliminar o a alejar aquello que nos molesta.

La tristeza nos invita a la reflexión y a liberarnos de lo que nos hiere.

El miedo nos paraliza, nos predispone al ataque o a la huida.

Fritz Perl decía que las emociones son el motor básico de toda acción y que, por lo tanto, existen y aparecen en todas las situaciones vitales. Así pues, son aquello que activa a nuestro cuerpo.

Las emociones anteriores se suelen considerar básicas, porque preceden incluso a la consciencia de emoción, mientras que las secundarias serían aquellas derivadas de las básicas que aparecen cuando analizamos lo que sentimos. A menudo nos es difícil distinguir unas de otras lo que nos deja confusos. Pero tenemos un lienzo, nuestro propio cuerpo, que es muy difícil de manipular, en el que se plasma nuestro estado interno y en el que podemos observar sus características propias:

– Son reacciones que producen cambios temporales, como consecuencia de situaciones internas o externas

– Se suceden con rapidez, tienen una temporalidad corta

– Siempre nos encontramos en un estado emocional u otro, incluso cuando estamos en calma

– Son constitutivas del comportamiento humano

– Afectan el resultado de nuestras acciones, condicionan nuestros logros

– Todos tenemos un repertorio emocional propio

– Pueden ser coherentes o incoherentes con la situación en la que nos encontramos

El cuerpo, como recipiente de lo emocional, nos permite percibir nuestro mundo interior y contactar el mundo exterior. La expresión es una manera de unificar la impresión que causa lo externo en nuestra vivencia externa. Así pues, cuando ponemos la conciencia en el cuerpo somos capaces de cambiar la conducta corporal, lo que genera cambios en nosotros también a nivel mental y emocional.

La Gestalt habla de la integración de los tres aspectos que constituyen nuestro “yo”: cognición, emoción y cuerpo. Cuanto más ajustados estén estos tres aspectos de mejor es la calidad de nuestro contacto con el entorno y conseguimos un mayor grado de satisfacción con nuestras experiencias. Cuando vivenciamos el cuerpo, podemos comprender lo que éste expresa con sus movimientos y acciones y, en el teatro, los juegos y las escenas improvisadas nos exponen a constantes imprevistos, y nuestras vivencias se muestran con mucha claridad, sin tiempo para el ocultamiento.

El teatro, en su vertiente terapéutica, es precisamente expresión, el personaje está vacío si sólo recita, es en la expresión corporal dónde observamos la vida y las emociones del personaje y con lo que, como público, nos conectamos realmente.

Desde pequeños, en nuestra inocente intención de agradar a los demás y de encajar en nuestro entorno, vamos bloqueando la expresión de nuestras emociones que nos parece que nos impiden conseguirlo y es el cuerpo el que sufre mayor tensión en este proceso ya que está predispuesto de forma natural a mostrar nuestros estados internos. Cuando comprendemos esto entendemos la importancia de sensibilizar y liberar al cuerpo, obteniendo nuestro propio apoyo y herramientas para realizar el trabajo emocional que deseemos.

En mi experiencia personal, el teatro me ha permitido empezar a conocerme y reconocerme en mi tránsito emocional. Identificar mis emociones, vivirlas plenamente, disfrutarlas o sostenerlas, con el enorme apoyo que significa escuchar la “voz” de mi cuerpo y permitirme sentir a través de él, todo lo auténtico que surge de mi interior, aceptarlo y dejarlo fluir.

Autodescubrimiento a través del teatro

Por Gleva Bernet, secretaria de dirección

Al iniciar el trabajo de las emociones básicas –alegría, tristeza, miedo y rabia- creía que me resultaría muy fácil poner atención y conciencia en ellas y conocer perfectamente mi estado emocional, que sería sencillo llegar al fondo de ello.

Recuerdo el taller de clown… todo parecía fluir y podía reconocer con facilidad mis emociones e incluso representarlas a través de mi clown. Tengo soltura para expresar, parecía muy contenta con la tarea, incluso entusiasta: el personaje creía que sería su momento de gloria, en el que exhibir habilidades y encantos, confiada y tranquila.

Y yo, tras mi clown me sentía alerta, segura y feliz, más que eso, estaba eufórica, con muchas ganas de dejarlo entrar en acción. La alegría muestra mi niña interior y me hace sentir libertad y plenitud.

Por otro lado, a veces notaba esta alegría amenazada… y surgía la ira, una emoción que me hace sentir poderosa pero que me daña y percibo que mi energía se desvanece.

A lo largo del taller fui dándome cuenta de que evitaba conectarme con la tristeza y el miedo, encantaba como estaba con la alegría que sentía. A través de las dinámicas me fui dando cuenta de cómo ésta encubría lo que sentía realmente y me impedía percibir la realidad en mi cuerpo. Fue durante una dinámica en la que una compañera hacía de espejo de mis movimientos que me di cuenta de lo rígido, frío y duro que éste se encontraba.

Fue entonces cuando empecé a tomar conciencia de que, en realidad, mi cuerpo estaba poniendo barreras y distancia y que, en mi pretensión de mostrar la alegría que sentía, sólo conseguía hacer una caricatura… Fue haciéndose evidente el desajuste que existía entre mi mente, mi cuerpo y mis emociones y que escucharlos me era mucho más difícil de lo que yo pensaba.

Me impresionó darme cuenta de cómo mi cuerpo se protegía y ponía límites en lugar de manifestar la alegría que sentía, pero no fue hasta un tiempo después del curso que conseguí responsabilizarme de ello. Fue cuando me propuse escribir sobre el taller que me di cuenta de que no era tanta mi alegría, que la había sobredimensionado, quizás, porque era lo que deseaba sentir.

Con el tiempo y la distancia todo de lo que me había dado cuenta fue calando en mí lentamente. La euforia se ha ido transformando en una sosegada alegría, en una sonrisa. Me he dado cuenta que tomar conciencia de lo que sentimos y del estado de nuestro cuerpo en relación a las emociones, no es tan sencillo como pensaba y que soy menos consciente de lo que ocurre en mí, de lo que creía. Pero no me castigo: me ayuda a sentir que sigo aprendiendo, que cuido de mí misma.

He pasado de creer que contralaba mis emociones a darme cuenta de cómo bloqueaba mi cuerpo para hacerlo -sobre todo para reprimir la tristeza- y como éste me delataba. No contaba con la sinceridad del cuerpo en todo momento. Me ha sorprendido mi dificultad pese a mis esfuerzos, para poner conciencia en el cuerpo y en la respiración y tengo la sensación de que el proceso de darme cuenta no ha hecho más que empezar.

En el fondo, se trata de permanecer atenta a lo que ocurre en el cuerpo, y observar entonces la emociones y los pensamientos, y viceversa, e intentar captar cómo se relacionan.

Para conseguirlo ahora sé que debo permitirme sentir cualquier emoción, transitarlas, con la ayuda de lo que mi cuerpo expresa, observando la relación Cuerpo-Mente-Emociones a diario.

Sólo me queda dar las gracias a Isabel y a Laura, por compartir todo aquello que saben y acompañarme en mi trayecto de autodescubrimiento a través del teatro.

Las emociones básicas y el cuerpo

Por Laura Martuscelli, actriz

A lo largo de mi carrera como actriz he tenido la necesidad de poner mucho el foco en el cuerpo. Me era fácil saber si estaba tenso o si, por lo contrario, lo sentía flexible. Por el contrario, emociones como el miedo y la tristeza, era incapaz de reconocerlas corporalmente.

Gracias al trabajo realizado en la Formación, he podido ir dándome cuenta de mis diferentes formas de actuar, comportamientos automáticos que hacían que me fuera menos fácil captar las emociones en mi cuerpo.

A continuación, planteo las vivencias y cómo las he ido gestionando, en relación a las emociones básica y al cuerpo.

La alegría

Me considero alegre muchas veces, pero sentirlo en el cuerpo se me hace realmente complicado. En mí, la alegría auténtica se esconde debajo de la tristeza que no dejo salir. Noto como el cuerpo se va tensionando, sobre todo en la parte del estómago, en la zona más orgánica y en la parte muscular, en el diafragma. Observo que puedo llegar a sacar una alegría falsa, a veces hasta eufórica, presionando al cuerpo. Y la respuesta a este esfuerzo es el agotamiento.

La pregunta que surge es: ¿cómo llegar a lo mismo sin tener que agotarme?

Gracias a lo vivido en la formación me he dado cuenta de que en mí se trata de una cuestión de tempo, muchas veces no atiendo a mi propio tempo, a mi ritmo biológico. Con los ejercicios que hemos realizado en la Formación (por ejemplo reconocernos con los ojos cerrados, crear una escena en cámara lenta con música, bailar con nuestra “vida”…) he podido experimentar ese cambio de ritmo en mí desde el cuerpo y esto ha permitido que la tristeza pueda aflorar, para luego sin yo buscarlo ni imponerlo, sentirme con una abertura en el pecho, y sentir tranquilidad y distensión. Un sentir desde el bienestar corporal en el que hay silencio: hombros relajados y sobre todo, el estómago, la parte del diafragma, completamente laxo, sin dureza.

El enfado

Mi estado automático desde la mente, si no pongo consciencia de ello corporalmente es el del enfado.

En la formación me he dado cuenta que es eso a lo que mi cuerpo está acostumbrado, con la finalidad -como en el caso de la alegría- de no sentir su emoción “opuesta”, en este caso el miedo.

El ritmo que a mi cuerpo le he dado durante años es el staccato; pero mi cuerpo ya tiene suficiente de golpes bruscos, rigidez en el cuello y en los hombros, que quiere fluir y ser armonioso.  El teatro me ha ayudado a poder llevar a cabo esta tarea y, gracias a la Gestalt, he tomado consciencia de que hay otras formas de movimiento que conducen a mi mente a buscar otras maneras de reaccionar y estar en el mundo.

La respiración es muy importante también. Darme cuenta de que -como cuando hay un enfrentamiento o algo me causa miedo- mi reacción automática es el ataque, la defensa, mi respiración instantáneamente se corta y la retengo, mis hombros hacen un sobresfuerzo por sostenerme, mi cuello se tensiona y mi pecho se cierra.

El poder situarme en un ritmo más de escucha y un tempo más lento, me ayuda a poder sentir mi cuerpo con detenimiento y sin obviar sus sensaciones. Bajando al cuerpo, acallo mi mente y siento lo que para mí es real, lo que verdaderamente estoy viviendo.

La tristeza

La tristeza en mi cuerpo actúa de “Para y escucha” y por esta razón pocas veces mi mente quiere estar allí. Tengo que estar muy atenta a sus llamados para no escapar y desde lo corporal poder acogerlo.

Mi cuerpo es muy vital, tiene mucha fuerza y energía. La tristeza, cuando logro sentirla en mi cuerpo, está en mi corazón, en el pecho y se mezcla con el miedo a veces, en el estómago. Me lleva a parar y escuchar; respirar y dejarme en paz. Confiar que desde el no hacer y desde el silencio, simplemente estando y aflojando las tensiones. La tristeza surge cuando paro; cuando no hay ruido a mi alrededor y puedo sumergirme en mi cuerpo.

El sonido del piano, los movimientos lentos y presentes, el tacto con los ojos cerrados… permiten que la tristeza aparezca.

El miedo

Ante el miedo, desconfío: de quien se acerca, de quien habla, de lo que se me dice… Desconfío hasta de mí misma.

La desconfianza actúa en mí como un automatismo de defensa y noto el cuerpo como si estuviera insatisfecho. Lo tenso, corto la respiración y me preparo para el ataque y entonces me es imposible sentir nada corporalmente. Mi mente genera un proceso para no sentir. Mi rostro se endurece, mi rictus parece el de una mujer de más edad y entonces, bloqueado el cuerpo, se bloquea mi mente y entro en una especie de estado de shock, en el cual no hay posibilidad ni de fluidez corporal ni mental. Me enfado.

Para ser capaz de reconocer que lo que siento es miedo, necesito mover el cuerpo y despojarme del enfado. Necesito poner la atención en la respiración para percibir físicamente el miedo, escondido entre el estómago y el diafragma.

Conclusiones

Como artista me siento con la responsabilidad de escuchar mi cuerpo y cuánto más lo hago, más me doy cuenta del cómo estoy en cada momento. Es como una brújula que me guía en mis emociones.

Mi cuerpo me dice de muchas formas (enfermedades leves, dolores, contracturas…) que hay algo que puedo cambiar, que hay algo que necesito escuchar, o que simplemente necesito parar… o llorar.

Mi cuerpo es el altavoz de las emociones desde que he aprendido –y sigo haciéndolo- a escucharlo.