La escucha en el escenario

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Cuando hablamos de escucha en el trabajo teatral hacemos referencia a algo que va más allá de la percepción sensorial y de la atención y que es fundamental en el trabajo del actor tanto en la improvisación como en el teatro de texto.

En nuestros talleres y clases nos aproximamos a la experiencia teatral sobre todo a través de la improvisación, una de las técnicas más sencillas y ricas de las que disponemos para profundizar en la interpretación y en la búsqueda de sus efectos terapéuticos, y que consideramos imprescindible para entrenar la escucha.

Lo que hace que el público se interne en la historia que está viendo sobre el escenario es que sea creíble y -cómo demostró en su momento el teatro pobre, por ejemplo- la veracidad no la aportan elementos escenográficos, sino la interpretación de los actores. Ellos y el público, son lo único realmente imprescindible en una representación teatral.

En nuestro cotidiano advertimos con desagrado la impostura y, sobre el amplificador que es el escenario, el actor que en lugar de “hacer”, “hace como si” saca de inmediato al espectador de la ilusión de realidad. Los ejercicios de improvisación nos obligan a estar atentos, ya que no podemos anticiparnos a lo que sucederá al no disponer de antemano del argumento: no sabemos qué ocurrirá, qué dirá el otro, cómo reaccionará, qué hará. Y, aún más importante, no sabemos cómo reaccionará nuestro personaje.

En realidad, esa es la clave para que la interpretación resulte creíble para el espectador y que perciba que lo que está viendo ocurre por primera vez.

La escucha teatral es un estado de receptividad que nos permite situarnos en la realidad del personaje y su entorno, prestar atención a lo que ocurre en cada instante y permite reaccionar de forma espontánea a aquello que sucede tanto externa como internamente. No es el actor el receptor, el que presta atención, el que aplica sus filtros subjetivos a lo que está pasando y el que reacciona en función de todo ello, sino el personaje que crea el actor en ese mismo momento y que se ve conmocionado –o no…- por el otro.

Solo hay una manera de conseguir ésta disposición en el escenario y es la práctica y, la improvisación, al generar infinitas e imprevistas situaciones, es el espacio perfecto para situarnos en el aquí y el ahora. Cuando estamos conscientes y presentes reaccionamos naturalmente a los sucesos, tal y como nos pasa a cada momento en nuestra vida cotidiana, lo que hace al personaje transparente para el público que puede adivinar en su reacción cómo es, le da pistas o muestra claramente lo que le interesa y desea, sus objetivos, sus emociones y sus contradicciones…

La escucha tiene más que ver con poner la atención fuera de nosotros, más que con uno mismo, de permitirse recibir y reaccionar, como un instrumento de percusión que resuena y vibra de una manera singular, a un impacto también único. El resultado es orgánico, es decir, surge con naturalidad de la realidad existente en el escenario, las reacciones y las relaciones fluyen retroalimentándose, y surge la verdad escénica frente a los ojos de los espectadores.

La escucha es ver realmente al otro, más allá de la propias fantasías o expectativas y, cuando lo vemos, lo escuchamos, tomamos contacto, lo propio se despliega. Si, en cambio, solo buscamos en nuestro interior, podemos quedar aislados de lo que de verdad está sucediendo en el encuentro, lo que impide que surja la magia del teatro y la ficción se haga realidad.

El conflicto: motor dramático

Improvisación y teatro terapéutico

El conflicto es la pieza clave de todo ejercicio dramático, tanto en el teatro de texto como en la improvisación. Sin conflicto, el teatro se convierte en mera descripción, con poco o ningún interés para el público. En general, una obra dramática nos muestra, precisamente, un fragmento escogido -del curso de una historia en el que se desarrolla- el conflicto.

Entendemos por “conflicto dramático” la contraposición de determinadas fuerzas, en un determinado momento, que se constituye como el catalizador del argumento. En su forma más simple se trata de la pugna de un personaje por cumplir su deseo, voluntad o necesidad a la que se oponen el deseo, la voluntad o la necesidad de otro. El planteamiento clásico es el enfrentamiento entre protagonista y antagonista, aunque solemos encontrar propuestas mucho más complejas.

Momento de cambio

Lo que, como espectadores, nos resulta interesante del conflicto es que se trata de un momento de transición en el que podemos observar un cambio. Sea cual sea el resultado final, el statu quo no será el mismo que nos encontramos el en planteamiento inicial. Es decir, el planteamiento dramático de una representación teatral es una crisis: un punto de inflexión en el que los implicados se ven empujados a decidir y a actuar, en el que todo puede ocurrir… excepto que no ocurra nada.

De hecho, una crisis es precisamente la señal de que aquello que se ha mantenido de una determinada manera, ha dejado de estar vigente, ya no tiene validez y ya no sirve a los implicados para seguir el curso de su existencia como lo hacían hasta el momento. Es el preludio del cambio.

En escena cada personaje posee su propia complejidad y se ve sometido a diferentes fuerzas que apoyan o entorpecen su camino hacia sus objetivos: fuerzas externas, como el destino o la familia, o fuerzas internas, como el propio código moral o la intensidad de ciertas emociones.

La colisión pone ante nuestros ojos la verdad de cada personaje y la legitimidad individual de sus motivaciones, aunque sean reprobables desde otra perspectiva y evidencia también, puede que sobretodo, la fragilidad sobre la que a veces se basa el deseo o la oposición al deseo del otro. El conflicto dramático fuerza al personaje a observar su presente, a comprenderlo y a actuar, a exponerse ante los demás y ante sí mismo, a sopesar qué está dispuesto a hacer por lo que desea y a construir, con más o menos éxito, una nueva realidad.

La crisis como oportunidad

Una crisis revela lo que ha permanecido oculto, empuja a los personajes a posicionarse y mostrarse tal y como son -y no como quieren ser vistos- a ofrecernos autenticidad, aunque sea a su pesar. El teatro es una oportunidad para plantear, desarrollar y experimentar la confrontación, y de hacerlo a salvo, gracias a la red de seguridad de la ficción. Podemos observar y vivenciar cuáles son las dinámicas previas a la escena que se ponen en cuestión en el presente, preguntarnos por qué se han mantenido, por qué ahora se desploman, intentar comprender sin juzgar aquello que representa una obstrucción para un personaje y qué lo impulsa.

Dijo Bertolt Brecht:  “La crisis se produce cuando lo viejo no acaba de morir y cuando lo nuevo no acaba de nacer”, y los tres tiempos del drama (introducción-nudo-desenlace) nos permiten examinar ese instante en el que lo obsoleto y lo inmaduro sustentan una nueva realidad en las que las posibilidades, como la conclusión, permanecen abiertas.

El teatro, la literatura, el arte nos ayudan a ampliar nuestro horizonte de comprensión. Cuando la comprensión llega al alma, la conciencia se amplía y con ella madura el amor. Amor que anhelamos para ver el mundo, y a nosotros mismos, a través de él y actuar con mayor libertad aunque tengamos delante un conflicto, como los que forman parte del teatro y de la propia vida.

La vulnerabilidad del actor como manifestación artística

“La nuestra es una vía negativa, no una colección de técnicas, sino la de la destrucción de obstáculos”
Jerzy Grotowski Hacia un teatro pobre

El actor no es un comunicador al uso, si bien parte de su tarea es comunicación en estado puro, hay algo también en ella que trasciende el simple y efectivo envío de información. Por ello en muchas obras de historia, metodología o antropología teatral por ejemplo, se habla del aspecto sagrado del teatro. Sin entrar en profundidad en este aspecto tan fascinante, el aspecto sagrado del teatro se refiere a grosso modo a la comunión (vs. comunicación) que este arte escénico es capaz de construir entre el actor y el público.

El actor es un ser humano como cualquier otro, llamado a compartir las vidas de personajes ficticios mediante la personificación, es decir, tomar las palabras y acciones que el dramaturgo imaginó y construir con ello una nueva y única vida. Durante siglos han surgido distintas propuestas y perspectivas sobre lo que el trabajo del actor debe de ser para cumplir con este fin.

El teatro como oportunidad se plantea desde la premisa de que la persona convertida en actor para la ocasión -tenga o no tenga experiencia, sea profesional, amateur, un buscador o un curioso- posee ya todo lo necesario para construir un personaje de forma creíble y auténtica y, si algo le impide que así sea, no es su falta de técnica o fórmulas preestablecidas que casi siempre acaban acercando más al resultado al cliché que a la verdad.

Nuestro planteamiento es justo el contrario, el negativo como lo llama Grotowski, es desprender, derribar, dejar caer. Nuestros talleres no se orientan a enseñar a los participantes alguna cosa sino a eliminar las resistencias que nuestros organismos (entendidos siempre como un todo) oponen a los procesos internos. Al ir eliminando estas resistencias, logramos la aceptación de nuestra intimidad y desarrollamos la capacidad de mostrarla y compartirla, lo que provoca una conmoción en el espectador, por que en la desnudez del actor, en su exposición honesta, puede ver su proyectada su propia máscara, es capaz de elaborar una nueva percepción de su propia verdad.

La interpretación teatral no se enseña

Así pues no orientamos el trabajo como la transmisión de conocimiento al actor, todo lo contrario, el conocimiento se encuentra en él, en su propia condición humana, y son todas las construcciones que hacemos sobre nosotros mismos que nos ponen difícil situarnos en el estado de vulnerabilidad necesario para transmitir lo auténtico de la condición humana y generar comunión con otros seres humanos.

La vulnerabilidad está considerada, por desgracia, una debilidad, pero no lo es en absoluto: se trata más bien de ponerse en situación de accesibilidad con los demás y con nosotros mismos, desde una posición de autoconocimiento y madurez. Cuando bajamos la guardia que permanente tenemos alzada, el resultado no es una sucesión de ataques por parte de quienes nos rodean, al contrario, encontramos más empatía, comprensión y autenticidad.

El actor que se entrega y consigue crear magia en el escenario, es aquel que ha derribado los obstáculos para revelarse a sí mismo, lo que le permite revelar cualquier personaje, ya que expone la parte más íntima y universal de su persona –la que ha trabajado para apartar o derrotar sus propios bloqueos- y la comparte, y el público recibe esta capacidad de mirar hacia dentro, consiguiendo una aceptación del ser humano: del que se encuentra en el escenario, del que se sienta en platea o del que el dramaturgo imaginó y plasmó en el texto.

Mejora tus aptitudes comunicativas, con presencia y espontaneidad

DSC_2077La expresión teatral, enmarcada en el trabajo personal con enfoque gestáltico, es un laboratorio, una zona de pruebas que proporciona la libertad y el acompañamiento necesario, para lograr tus objetivos.

Uno de los objetivos que trabajamos, ya que muchos de nuestros alumnos llegan con esta inquietud, es la mejora de nuestra capacidad para comunicar y expresar lo propio, dicho de otra manera: atreverse a mostrarse!

La comunicación es un proceso humano que damos por sentado, como respirar o parpadear. Acabamos reduciendo el proceso de comunicación, de una complejidad extraordinaria, a sus mínimos denominadores: hablamos, gesticulamos, estamos ahí, por tanto nos estamos comunicando. Pero la realidad es mucho más rica y nos encontramos con que muchos de los problemas en nuestras relaciones o bloqueos a los que nos enfrentamos, tienen que ver con una comunicación poco eficaz, poco fluida o fallida.

Presencia, conciencia y responsabilidad para una mejor comunicación

Nuestro ser está transmitiendo información ininterrumpidamente, seamos o no conscientes de ello. Y es justo aquí donde encontramos un aspecto clave: la toma de conciencia.

El hecho de darse cuenta es fundamental para conocer lo qué ocurre, cómo ocurre y poder hacerse responsable de ello. El ser consciente -el darse cuenta- implica poder poner la atención en lo que está ocurriendo en este preciso momento en el lugar en el que estamos y a distintos niveles, como son:

·      La realidad externa – la toma de contacto a través de nuestros sentidos de aquello que nos rodea .

·      La realidad interna – incluye lo que ocurre en nuestro ser a nivel corporal, emocional y mental. Cómo procesamos la información sensorial y la integramos con nuestra propia experiencia interna.

·      El imaginario – se trata de la actividad mental que no se encuentra en el aquí y el ahora sino en el pasado o el futuro. Son fantasías, aunque por su presencia constante en nuestras vidas les proporcionamos desde siempre estatus de realidad. Los recuerdos, las hipótesis, imaginar lo que ocurrirá, inferir lo que el otro piensa o siente respecto a nosotros… son sólo ideas, nada sobre lo que de verdad podamos actuar de forma directa, aunque condicionan tremendamente nuestra reacción interna y nuestra respuesta.

La falta de conciencia sobre estos procesos que ocurren a nuestro alrededor y en nosotros mismos puede ser la fuente de inseguridades y bloqueos que ni tan solo sabemos de donde vienen. El darnos cuenta nos acerca a nosotros, al otro y a la realidad que generamos juntos.

Situarnos en el presente no solo nos facilita una mejor expresión sino que nos ayuda escuchar a nuestros interlocutores con más atino, lo que aportará a nuestro discurso un mejor ajuste a la situación real de forma espontánea: puede que estemos tan preocupados por los nervios que sentimos que no nos demos cuenta de que el público se está aburriendo o por el contrario que lo está pasando en grande.

La espontaneidad nos hace únicos

Cuando nos centramos en el presente de forma consciente somos más espontáneos y la espontaneidad es lo que nos muestra tal y como somos, es decir, es el único proceso capaz de transmitir aquello que nos hace únicos, que es lo que nuestros interlocutores más aprecian.

Podemos escribir miles de palabras narrando cómo es estar situado en el presente,  darse cuenta de nuestro interior y exterior, pero seguimos en la esfera imaginaria.

Los aprendizajes más efectivos son los vivenciales, es decir pasar tu mismo por la experiencia, y la propuesta que hacemos reuniendo teatro y Gestalt te ayuda a mejorar tu aptitudes comunicativas poniéndolas en juego -¡literalmente!. Experimentando el darse cuenta de lo que te ocurre y de lo que sucede a tu alrededor mientras está pasando, sobre todo en la improvisación, que es una gran herramienta para probar y actuar en sintonía con el momento presente, que cambia a cada instante. Creamos para ello un entorno guiado y personalizado, un contexto cálido y de aceptación, en el que podrás experimentar la libertad y el placer que nos aporta la espontaneidad y el mostrarnos tal y como somos.

El personaje y tú

El personaje y yo

“Ya no era cuestión de enseñar o de aprender algo, de trazar un método personal, de descubrir nuevas técnicas de encontrar un lenguaje original, desmitificarse uno mismo o desmitificar a los demás.

Solamente era cuestión de no tener miedo el uno del otro, de tener el coraje de acercarse el uno al otro hasta ser transparente y dejar entrever el pozo de la propia experiencia.”

Eugenio Barba

Una de las facetas que resulta más interesante del trabajo teatral es posicionarnos frente al personaje. Cuando recibimos la consigna de interpretar un personaje con una personalidad, un problema o una relación concreta, es apasionante observar el proceso mediante el que cada persona se acerca a ésta tarea.

Desde nuestra experiencia, podemos decir que las personas que asisten a nuestros talleres llegan con la predisposición para entregarse a las propuestas que se plantean, tanto aquellos que ya tienen alguna experiencia teatral, como aquellos que no. Llegan con la ilusión de participar y jugar, lo que resulta imprescindible. Pero el trabajo requiere de otras actitudes que vamos a encontrar en el escenario y como público, y que son parte fundamental del trabajo que proponemos desde éste territorio común entre el arte escénico y la terapia Gestalt como son la presencia, la conciencia y la responsabilidad, entre otras.

Cuando estamos presentes elaboramos conscientemente. Cuando nos centramos con nuestra persona al completo en el presente, en lo que ocurre en nosotros y alrededor nuestro en un momento concreto, estamos aprehendiendo la realidad, la interna y la externa y entonces somos capaces del pequeño gran acto que es el darse cuenta. Observamos y podemos comprender, para luego obrar con la responsabilidad que implica pasar a la acción.

Observa – Comprende – Actúa

Por ejemplo, hablando de una propuesta inventada más concreta: imaginemos que nos proponen interpretar a una mujer gruñona. Ésta consigna, sencilla y abierta, frente a la cualquiera podemos imaginarnos jugando, resultará asequible para algunas personas y para otras muy difícil. Puede que tú estés pensando: “Pero, ¿cómo le va a resultar difícil a alguien?” mientras otra persona estará pensando: “Con lo que me cuesta mostrar mi enfado, ¡no sabría cómo hacerlo!”.

Durante el trabajo, no hay más consigna que jugar con lo que nos constituye: cuerpo, mente y emoción. Ahí está nuestra presencia. La presencia teatral es un estado plenamente vivencial, es una experiencia, en la que nuestra persona trabaja desde todo su ser. Y cada uno de los tres centros fluye, en el mejor de los casos, hacia donde tiene necesidad de hacerlo, sin bloquear a ninguno de los otros: ni la mente frena al cuerpo, ni la emoción secuestra a la mente, ni el cuerpo boicotea al pensamiento…

Creemos que estamos siempre presentes, pero no es cierto. Mientras nuestro cuerpo nos lleva en bicicleta, nuestra mente repasa la agenda y nos sentimos tristes por algo que ocurrió hace tres días: la mayor parte del tiempo es así como funcionamos. El estar presentes fusiona estas partes de nuestro ser en una escena, en un diálogo, en una acción… y el escenario es un espacio que propicia esta forma de estar.  Este momento de unidad nos permite darnos cuenta de los procesos que ocurren en la mente, el cuerpo y la emoción. Observamos, comprendemos y desde allí actuamos y somos capaces entonces de reconocer que interpretar a la mujer gruñona se nos ha hecho muy fácil o muy difícil tal como pensábamos, o todo lo contrario.

El darnos cuenta es conectarnos con lo que nos ocurre respecto al personaje (observa), y es un pequeño paso para acceder al porqué (comprende), a hacernos la pregunta y a empezar a despojar ese aspecto de nuestra esencia que se identifica o que rechaza al personaje. Y darnos cuenta de que ese espejo (el teatro) que nos ofrece la imagen de otro (el personaje) nos está devolviendo una imagen de nosotros mismos, lo que en sí ya es transformador. Y desde ahí, podemos elegir como proceder (actúa).

Además está el grupo, la presencia de las otras personas, los otros personajes, que suman a la nuestra sus propias vivencias, tan distintas en sus detalles y tan parecidas en realidad. El teatro no se reduce al yo, sino que incluye la situación (los otros compañeros, las historias, el público).

Como expresa magníficamente Eugenio Barba: en el teatro se trata de olvidar el miedo, pues no hay nada que temer; hacernos transparentes ocupando un lugar visible, aportando luz a nuestras zonas en la sombra y asomarnos a nuestro propio interior y al del otro, estando presentes y conscientes, con confianza, comprensión profunda y generosidad.