El efecto terapéutico del teatro

clase-isabel-montero

A lo largo del tiempo hemos ido identificando algunos de los miedos con los que llegan los participantes a nuestros talleres. Muchos y muchas nos comentan que el teatro con enfoque terapéutico les ha atraído siempre pero que les ha costado mucho dar el paso y muchas veces el motivo es el  mismo: el pánico a perder el control frente a desconocido, a explotar emocionalmente, a desbordarse al asomarse al abismo de sus traumas. Aunque podría ser un maravilloso guión teatral, ¡no es el guión de nuestras sesiones de trabajo!

No hemos podido identificar claramente el origen de este temor: ficciones televisivas, leyendas urbanas sobre lo que es la terapia, malas experiencias personales… Pero podemos intentar explicar cuál es nuestro papel en las sesiones de trabajo y cómo lo llevamos adelante.

En ese imaginario colectivo tanto el teatro como la terapia se asocian agitar intencionadamente pensamiento y emociones, para provocar que se disparen y emerjan a la superficie elementos ocultos. Pero en el teatro como oportunidad no hacemos terapia sino que buscamos los efectos terapéuticos que el teatro como disciplina artística nos ofrece, lo que es muy distinto.

Cada persona llega con sus propias expectativas o sin ellas y cada una avanza en la dirección y con la energía que desea. En lo que se refiere a nosotras, nuestra formación en Gestalt nos suma al grupo, somos dos personas más en su camino personal y en su situación personal en el aquí y el ahora, exactamente igual que nuestros alumnos y alumnas. La experiencia de años de trabajo nos ha permitido construir una brújula con la que ofrecemos una dirección posible al grupo y a cada persona que lo conforma, pero cada cual dirige su vehículo hacia y hasta donde desea.

El proceso consciente

El objetivo de las sesiones no es la catarsis por la catarsis, sino el de facilitar un proceso consciente de descubrimiento de aquello que nosotros, y solo nosotros, sentimos como un impedimento para nuestro bienestar personal o para desarrollar el oficio de actor con la libertad que deseamos. Planteamos un itinerario, distinto para cada sesión y para cada formación, que se modifica a sí mismo mientras avanzamos, adaptándose a las necesidades no previstas, que cada persona plantea en el momento de ponerse a trabajar y que se evidencian en contacto con uno mismo y con el grupo. No existe una meta final,  avanzamos en una dirección y tomamos consciencia de lo que nos vamos encontrando de nosotros mismos durante el recorrido.

Pero uno de los objetivos principales de nuestro planteamiento es disfrutar. El teatro es un juego que se convierte en verdad cuando más inmersos nos encontramos en él. Y es cuando conseguimos sumirnos en el personaje y en la escena cuando lo pasamos bien, por que actuar nos hace sentir libres y ligeros ¡es solo un juego! No existe correcto o incorrecto, bien o mal hecho, existen solamente el observar, el comprender y el actuar, en un espacio donde todo es posible y donde nuestra versión más creativa y atrevida, puede al fin mostrarse en la medida que tú lo desees.

Por que al final nada de lo que ha ocurrido es real, pero ha ocurrido, como en los sueños. Y es muy bonito observar que los alumnos que llegan con esos miedos a que se generen situaciones que les van a causar algún dolor, se marchan sorprendidos de sí mismos, orgullosos, tranquilos y contentos por lo que ellos mismos se han dado permiso para dar y recibir.

La imaginación: cuando la verdad es una ficción

Lo que ocurre en el escenario es una verdad fictícia“En los juegos teatrales, los niños buscan constantemente equivalentes para poder representar las historias que quieren, sin prejuicios, aceptan los códigos que este lenguaje les da. Transforman el tiempo y el espacio sin mayor dificultad, creen fielmente en su juego. El actor, el director y el escritor de teatro pueden aprender muchas cosas del niño: la capacidad de inmersión en el juego, el respeto a las reglas, su creatividad.”

Peter Brook, La puerta abierta

Lo que describe tan precisamente Peter Brook en éste pasaje de su obra La puerta abierta, es la capacidad innata que posee el ser humano para vivir situaciones que ha imaginado. Esta capacidad sigue en nosotros, más o menos escondida, bloqueada o ignorada como adultos aunque, como señala Brook, la ejercemos con toda plenitud durante la infancia.

Imaginación y teatro

La imaginación en el teatro es un punto de encuentro entre la intuición y la creatividad. Por intuición entendemos aquello que, sin pasar por nuestra racionalización, percibimos y sabemos aunque no podamos explicar de dónde procede exactamente éste conocimiento. Y la creatividad es el proceso por el que construimos de forma plenamente personal, partiendo de nuestro punto de vista único e intransferible y aplicándolo para concebir algo nuevo y distinto.

La imaginación bebe de la intuición, aquello que nos parece que es, y de la creatividad es decir, de los aportes únicos que puede hacer nuestra persona, para concebir algo totalmente nuevo y tan único como cada uno de nosotros lo es.

Claro está, la imaginación es un elemento imprescindible para todo el proceso teatral: el autor imagina toda una historia, el director imagina esta historia viva, el actor imagina cómo la vive su personaje, la imaginación del espectador completa la obra, los escenarios donde ocurren los hechos o la biografía del personaje e incluso el final en el caso de los finales abiertos.

¿Ficción real o realidad ficticia?

Es un hecho que asociamos a la imaginación con la mentira pero es obvio que es una asociación injusta y, aún lo es más, cuando la extrapolamos a la creación teatral. Mientras que la mentira quiere adquirir estatus de realidad, la imaginación es el elemento que permite que una ficción imaginada se presente ante nosotros como algo que realmente está ocurriendo.

La técnica teatral, desde multitud de disciplinas como el trabajo de la voz o el cuerpo, aporta una estructura sólida a lo imaginario creando una verdad en el aquí y en ahora. Esta verdad es la que derrama lágrimas en los ojos del actor que ES Otelo, la que hace temblar a la actriz que ES Desdémona y es esta verdad imaginada la que hace llorar y temblar a los espectadores. Lo que ocurre en escena es una realidad compartida, imaginada, temporal y ficticia, pero es verdad.

Una de nuestras alumnas nos cuenta: “recuerdo que en una representación de La fierecilla domada en colegio –debía tener trece o catorce años- mi personaje lloraba en una escena y me cubría la cara con las manos mientras sollozaba. A través de mis manos pude ver la cara de los niños más pequeños del colegio que se sentaban en primera fila. La expresión de profundísima tristeza de uno de ellos no se me ha olvidado nunca. Él estaba, pero de verdad, tan triste como mi personaje.”

La capacidad de imaginar está en todos nosotros aunque podemos desarrollarla sintonizado con nuestra intuición y potenciando nuestra creatividad a través del teatro y, en la vertiente terapéutica de este arte escénico, integrar y dar sentido a la verdad ficticia resultante.

La verdad en el personaje

Performance alumnoCuando vemos a un personaje vivo en el escenario podemos decir que el actor o la actriz han sintonizado con su universo. Hemos oído la expresión ”defender el personaje” pero reflexionemos un instante en lo que consiste ésta defensa.

El personaje es como es, defenderlo no es acudir a elaboraciones mentales complejas que justifiquen su conducta. Es recomendable, si no necesario, dejar volar la imaginación y tirar del hilo de las motivaciones que pueden llevar al personaje a actuar de una determinada manera o a pronunciar una palabras y no otras. Cuando hemos analizado hasta un cierto punto las circunstancias que han llevado a un personaje hasta donde se encuentra, o hasta allí donde lo llevamos, defenderlo consiste en actuar como sentimos que este lo haría, por lejos que esté de nuestra propia manera ser, sin filtros y sobretodo sin prejuicios éticos.

Nuestra moralidad, nuestro bagaje y nuestra actitud queda en un segundo plano para dejar ser al personaje tal y como es. Cuando nos sumergimos en él de esta manera, podemos conectar no sólo con esta “persona” en concreto, sino con el significado mismo de la empatía. El personaje nos enseña que cualquier persona puede ser, debe de poder ser. Cualquier configuración de carácter, cualquier escala de valores es posible. Así es el ser humano.

Un trabajo hacia la comprensión

El trabajo del personaje nos ayuda a llegar a comprender por qué alguien en unas determinadas circunstancias se ha convertido en quién es. A su modo es coherente en sus bondades y maldades, en sus sesgos y en su clarividencia y en su aceptación de sí mismo y en sus resistencias. Somos quienes podemos ser en cada momento y el personaje también.

Abrirse a ésta realidad no sólo nos permite la compresión de un personaje sino que nos propone un camino de más largo recorrido: la comprensión y aceptación de cualquier persona incluida -¡sino en primer lugar!- nuestra propia persona.

Podemos permitirnos parar el juicio constante al que nuestra mente somete absolutamente todo y sencillamente mirar: mirar quién es ése personaje, cómo es y como tiene todo el sentido en el universo humano. Y en ésa línea, mirarnos a nosotros mismos y a aquellos que nos rodean de la misma manera.

Defender el personaje es quererlo y mostrarlo tal y como es, no buscar excusas a su comportamiento sino razones, aunque sus razones nos parezcan las equivocadas, aunque su comportamiento luzca reprobable, absurdo o débil, y tomarlas como su razón de ser.

Acercarnos a la complejidad

El actor demuestra su amor por el personaje cuando lo acepta y lo comparte sin pasarlo por sus propios filtros de lo que es o no es aceptable y hace visible su complejidad ante los ojos del espectador, que es capaz de ver la verdad en él, su propia y única verdad.

El acercamiento al personaje es un acercamiento a la condición humana misma, un universo en el que las primeras impresiones, los juicios de valor y la crítica inmediata nos impiden la visión de la complejidad que se halla tras cualquiera de nosotros.

El trabajo del personaje puede llevarnos a mirarnos a nosotros mismos del mismo modo, sin crítica ni juicio, a intentar aprehender quiénes somos realmente, cuáles son nuestros profundos deseos y a querernos más también a nosotros mismos.

El miedo escénico

Superar el miedo escénicoImagen

Aunque tengamos muy claro aquello que deseamos explicar o compartir con una audiencia puede que la ansiedad nos abrume. Pero ¿en qué consiste el miedo escénico? ¿Qué es exactamente eso de que los nervios nos traicionen?

El miedo escénico es una respuesta orgánica de cierta intensidad que aparece como reacción a los juicios previos que nuestra mente ha realizado sobre los resultados que va a tener nuestra exposición en público. Lo más usual, dadas nuestras ganas de obtener buenos resultados, es que la mente se lance a fantasear sobre todas las posibilidades negativas o incluso catastróficas que pueden suceder.

Ésta anticipación negativa es la que nos produce tensión, que va aumentando y va agravándose conforme se acerca el momento de nuestra exposición en público. El teatro es un recurso perfecto para dejar atrás la parte menos útil de éste miedo y prepararnos de una forma más objetiva y sosegada al futuro acontecimiento.

Comunicando a la perfección

A través de ejercicios grupales e individuales, nos damos cuenta de que todas las personas nos hallamos en la misma situación cuando estamos ante un público y que ninguno de nosotros alcanzamos la perfección, simplemente por que tal cosa no existe. Lo que percibimos como un orador brillante es sencillamente una persona que conoce lo que quiere decir, que sabe cómo quiere expresarlo y disfruta del momento en que ambas cosas ocurren,  sin más, aunque surjan imprevistos, aunque cometa errores.

El teatro es una experiencia que no puede ser teórica, es experiencial y vivencial y éstos son algunos de los puntos clave que trabajamos en el teatro como recurso para nuestro propio desarrollo, con el fin de transformar nuestros mecanismos automáticos que, como en éste caso, llegan a dominarnos y hacernos sufrir.

La peor audiencia: nuestra mente

Cuando nos exponemos a la mirada del otro suele pasar que los ojos más críticos son los nuestros: nuestra mente se sitúa en un lugar de observación, atenta a cada pequeño error, a cada diferencia con el guión, produce más tensión y malestar, y nos aleja de lo que estamos diciendo y de nuestra singular manera de expresarlo.

Ajustando la exigencia

El deseo de hacer bien las cosas es positivo por supuesto. Pero querer hacerlas perfectas puede bloquearnos, simplemente por que es un expectativa desmesurada. Cuando tenemos la sensación de que todo sale rodado no es tanto por que todo haya salido como ideamos, sino por que hemos sabido ajustarnos a los pequeños contratiempos o adaptarnos a la nueva la nueva situación con la tranquilidad y la libertad que nos ofrece el saber dónde queremos llegar y ser consciente de que podemos manejarnos con lo imprevisible.

Saber reírnos de nosotros

Lo que ocurre cuando somos capaces de mirarnos y encontrar graciosas nuestras actitudes, acciones, emociones o pensamientos es que las relativizamos y las toleramos mejor, acabando por aceptar las nuestras y ser más comprensivos con las de los demás.

La risa sobre uno mismo nos baja del panteón de las divinidades, dónde sólo se puede ser un ser tan perfecto como ficticio, y nos sitúa en la realidad en la que sencillamente somos quiénes somos ¡lo que ya es una gesta suficiente! Aceptar que las cosas no van a salir exactamente como las planeamos pero que pueden salir bien pese a eso y además pasarlo bien en el intento, nos ayuda a integrar los errores de manera que, lejos de bloquearnos, nos aportan espontaneidad. Y la espontaneidad es la manifestación de lo auténtico.

Y tu cuerpo ¿qué dice?

El teatro nos pide la implicación de toda nuestra persona.  Nuestro cuerpo se comunica por sí mismo y casi nunca tenemos un espejo delante para ver qué es lo que tiene que decir al respecto. En el teatro el grupo es el espejo que nos indica dónde, cómo y cuando nuestra palabra y nuestra expresión corporal están expresando cosas distintas. El ser conscientes de nuestro cuerpo nos habla, y muy claramente, sobre lo que ocurre en su interior.

La imperfección es perfecta

La espontaneidad es uno de los valores que más reconocemos, y ésta es la manifestación auténtica de un ser humano. Pensemos en las personas que nos interesan y conmueven: no son aquellas capaces de memorizar un texto y repetirlo a la perfección sino aquellas que vivencian aquello que relatan, que lo sienten. El teatro nos permite experimentar y el hecho de que algo suceda ya es lo que debe de ser.

El aquí y ahora

Cuando estamos centrados en lo que ocurre en el escenario, en mantener la perspectiva de nuestro personaje, en escuchar a los compañeros y en lo que se desarrolla a nuestro alrededor, dejamos de estar centrados en el resultado y en cambio estamos dando lo mejor de nosotros mismos en el presente, en lo que ocurre a cada momento que al final de todo, es lo que va a constituir el resultado: una sucesión de instantes.

El teatro te permite experimentar una situación a priori angustiosa como un juego, sin riesgo y sin posibilidad de fracaso. Y una vez vivida la experiencia, cuando el miedo escénico aparezca puede que le dediquemos una amplia sonrisa.

El grupo como espejo

Formación Teatro y Gestalt muestra alumnos

El teatro es una experiencia colectiva, de eso no hay duda. Por definición las artes escénicas requieren al menos de un intérprete y al menos de una persona en el lugar del público.

En el caso del trabajo teatral terapéutico, el grupo cobra una gran importancia ya que los participantes del grupo asumen una diversidad de roles, algunos de forma consciente y otros sin darse cuenta.

La máscara y el público

El grupo en el espacio de teatro, permite crear un ecosistema de trabajo análogo al entorno social, en el que las personas estamos en constante relación e interacción. Es frente a los otros, cuando surge la necesidad de usar “nuestras máscaras”. Estamos costumbrados a mostrar una construcción del yo que llevamos desarrollando desde que existimos, y esto va a surgir automáticamente frente al grupo, en forma de acción, emoción, huida, defensa… aunque estemos intentando bajar la guardia y disfrutar.

El grupo, como nuestro entorno mismo, hace aflorar nuestros miedos, inseguridades, la necesidad de protegernos, aparentar todo lo contrario, o incluso, la necesidad de recrearnos en un estatus emocional determinado. En cierta manera los demás son el elemento que nos lleva a creer en nuestra máscara como necesaria ¿Pero es realmente así?

El engaño auténtico

Hay que tener en cuenta que el grupo que se reúne para la experiencia teatral no es un grupo corriente. Aunque su configuración es en principio aleatoria, no lo es de la misma forma casual  que el grupo que forma el público de un espectáculo.

Se trata de la reunión de personas que con motivaciones, realidades y bagajes diversos, que coinciden en éste espacio y en éste tiempo, y se alinean con la dinámica de trabajo del teatro terapéutico. Este grupo de personas vienen a escuchar, a escuchar a todos y cada uno de los participantes, a prestar su generosa atención a los aspectos de las personas que se muestran frente al grupo: ¡sí, cada uno también es público! Y está ahí para pensar y emocionarse, con la palabra y el gesto, para dejarse engañar, pero ojo, sólo por la autenticidad de la ficción y de la realidad.  Así es el público, disfruta cuando las cosas adquieren realidad y suceden con verdad ante sus ojos.

En el teatro terapéutico descansamos de nuestra máscara jugando a ponernos otras, las de los personajes, y a medida que vamos ganando confianza, nos olvidamos de nuestra máscara dejándonos ver sin más.

Observamos en los personajes que creamos algunas de las cosas que vendemos como propias y algunas de las que nos censuramos o criticamos. El grupo con su mirada, sus sensaciones, sus análisis, nos devuelve lo que ha sentido, lo que ha vivido frente a ese yo, real e imaginario, que le hemos mostrado. Y se fomenta siempre esta mirada con el respeto y la alegría de estar compartiendo un espacio de libertad pero también de intimidad. La imagen que nos devuelve el grupo es nuestra mirada imposible, es nuestro reflejo, que se nos hace difícil ver, con nuestros propios ojos.

La honestidad del espejo

El grupo como tal, parece un niño, directo y honesto, que nos devuelve esa imagen que estamos proyectando tanto desde el personaje en escena, como desde nuestras construcciones personales. Y, como el niño, el grupo no siempre es consciente de lo que sabe y de lo que descubre, de su sabiduría, pero la expresa y la transmite en las diferentes dinámicas que se desarrollan, y esto tiene un efecto sobre cada uno de los miembros que lo componen.

El reflejo que el grupo nos devuelve como un espejo nos señala el defecto, el automatismo, la mentira. Y a pesar de ello es acogedor y confortable, ya sabemos que nadie está libre de defecto, automatismo y mentira, y que todos albergamos también virtudes, espontaneidad y verdad reflejadas en el mismo espejo. Es por eso que en el reflejo del grupo, nos vemos más completamente que nunca.